Las leyes del caos
Leyendo el otro día Las Leyes del Caos, del Premio Nobel Ilya Prigogine, me llamó la atención enterarme de que hay una línea de investigación en física orientada a generalizar las leyes conocidas, que son mayoritariamente deterministas, para sustituirlas por leyes basadas en la teoría de la probabilidad que sean capaces de modelar la incertidumbre del mundo real desde el principio. Es decir, sustituir las trayectorias en el espacio de estados de los sistemas físicos por puntos en sus espacios de probabilidad (el autor hace la hipótesis de que ambos paradigmas son excluyentes).
Me sorprendió esta idea porque es exactamente la misma que provocó una “revolución” en la robótica de los 90 (y que todavía colea), cuando los algoritmos, técnicas y aproximaciones deterministas fueron poco a poco permeándose de una nueva forma de enfocar la investigación consistente en no sólo dejar de ignorar la incertidumbre (ruido) del mundo, sino en tratarla como algo esencial en la formulación de los problemas, normalmente usando la teoría de la probabilidad y más concretamente implementaciones computacionalmente eficientes de la inferencia bayesiana. Todo desde un punto de vista más “ingenieril” pero sin duda análogo al de estos físicos teóricos.
(En otro orden de cosas, el libro se hace un tanto duro por el intento de condensar en tan poco espacio algunos conceptos realmente complicados)
Un trabajo creativo, algunas veces, es una lata. Para empezar, no se puede forzar: o tienes la chispa o no (sí, mientras tanto puedes estar trabajando en lugar de tocarte la barriga, pero no trabajando en algo creativo). Si te toca el día tonto, pues nada, o te buscas algo que hacer más o menos mecánico mientras te viene la inspiración o te pasas el día con un sentimiento de culpabilidad por no tener resultados bastante majete. Porque claro, sea tu trabajo creativo o no, se exige que produzcas.
Algo se mueve en la oscuridad… Una amenaza tangible, que si te acercas no es que te acaricie, es que te pega una torta en la cara que te deja temblando. Abres la página y… ¡plas! Una falta de ortografía digna de un niño de primaria (que son faltas muy bien pergeñadas, ya que los niños de primaria están mucho mejor preparados que sus padres, como bien sabe todo el que ve la tele).
Aún no te rindes, sigues (cada vez con más esfuerzo) para no perder el último destello de magia de lo que leías y… ¡tracaflás!, una redundancia tan clarita y tan espontánea que casi se te saltan las lágrimas.





