Cómo caer bien
Di a todos que sí y no tendrás problemas con nadie, no pasarás sofocones ni tendrás preocupaciones.
Di a todos que sí y a no mucho tardar dejarás de ser fiable: te pedirán cosas que requieran criterios contradictorios.
Di a todos que sí y no tendrás problemas con nadie, no pasarás sofocones ni tendrás preocupaciones.
Di a todos que sí y a no mucho tardar dejarás de ser fiable: te pedirán cosas que requieran criterios contradictorios.
Se me pasó escribir una entrada sobre TorchWood: The Children of Earth (empieza bien pero termina siendo tan cutre como las anteriores temporadas de Torchwood, así que casi mejor que no diera mi opinión…). En cualquier caso ya ha pasado bastante tiempo desde que la vi y la cabeza no da para mucho, así que diré sólo un poco y de otra serie que he terminado ahora: Being Human.
Una serie entretenida, muy interesante y bien actuado el episodio piloto; después cambiaron por sorpresa a todos los personajes menos a uno: pasaron de un vampiro con estilo aristócrata (se parecía a Ashcroft, el cantante de The Verve) a un vampiro pijo, modelo de pasarela urbana y medio descerebrado; de una fantasma que parecía una persona normal (como casi todas las que se mueren) a una medio actriz que hace muecas; y de un malo imponente a un malo que casi tienes que fijarte un par de horas para empezar a darte cuenta de que es un malo (porque del todo no te lo crees nunca).
Al único que dejaron fue al hombre lobo, y eso estuvo bien: el que mejor hace su papel para mi gusto (y por cierto, hace un papel totalmente diferente en Torchwood…).
Respecto a la trama: psé. Nada nuevo salvo el ver la vida cotidiana de los tres protagonistas -cuestión que podía haber dado bastante más de sí de haberse tomado realmente en serio, o con madurez-. No tiene muchos medios monetarios (da demasiado el cante cuando afirman que “la ciudad está siendo tomada por los vampiros” y sólo ves a tres o cuatro pasando rápido delante de la cámara), y no existe arco argumental en condiciones, sólo una supuesta rebelión que resuelven en los últimos dos episodios de la temporada porque en el resto, francamente, apenas pasa nada.
Ah, y tiene puntillos graciosos en los diálogos.
Lo dicho. Entretenida de ver sin que te dé mucho repelús por la sobreabundancia de vampiros y demás fauna sobreexplotada por la industria del entretenimiento.
Ya ves qué cosas; tal y como están ahora los blogs, actualizar a diario debería ser puntuable en el currículum ;P pero yo aquí con sentimiento de culpabilidad… Si es que la mente humana es una máquina maravillosa (y jodía).
Bueno, pues aparte de la falta de tiempo, el agotamiento total y los dolores de cabeza… como bloguero-diario-mijitas vuestro que soy, alguna explicación os debo, y esa explicación es que ha habido un conjunto de personas humanas que se han vuelto mu locas:
Dada la cantidad de nuevo material que ha entrado en casa (la pila de libros está ya saturada), no garantizo que la actualización siga siendo diaria: na más para destroquelar todos los troqueladitos que tienen los dos juegos se va un tiempo majo
…por cansancio, falta de ideas, motivos personales,…
Pero francamente, todo se resume en que me lo voy a pasar mejor haciendo otras cosas, que para eso es 19 de Septiembre
Ayer leí en el blog de Julián Díez en Cinco Días un artículo que traía un párrafo que me voy a permitir copiar aquí:
[...] Por otro, la creciente convicción de muchas personas de que la sociedad en que vivimos está montada de tal forma que tal vez no valga la pena competir. Que es necesario poner demasiado esfuerzo para luchar por unos éxitos que no son seguros, que dependen muchas veces de razones extraprofesionales -orígenes sociales, contactos, sacrificio de la vida personal, incluso falta de escrúpulos en ocasiones…-. [...]
El artículo de Julián, realmente, no iba del sistema de trabajo moderno, sino de desarrollarlo en lugares alejados, normalmente pueblos, y no estoy de acuerdo en varias de las ventajas que apunta sobre ello. Pero si lo que he copiado se entiende desde la perspectiva de alguien que de entrada quiere hacer su trabajo bien (incluso excelentemente para usar el término político de moda), llevo pensando lo mismo en ese aspecto particular desde hace tanto tiempo que lo hago mío
P.D.: Lejos de mi intención que estas palabras se interpreten como una apología del rascarse la barriga, pasar de todo, o hacer mal el trabajo de uno; de igual manera preciso sobre otras cosas que he dicho sobre la investigación. A veces hay que dejar claros estos matices en este mundo dominado por el simplismo…
Y que sólo se pueden hacer si uno tiene cierto control sobre el mismo, lamentablemente…
De aquí a escribir un libro de autoayuda hay un paso… Mmmm… Ahora que lo pienso… ;P
… tal y como habló el Jefe del Estado Mayor de la Defensa el otro día, entrevistado por Iñaki Gabilondo en CNN+, dejándome ojiplático tras haber terminado de ver hace pocos días precisamente Hermanos de Sangre…
Pues entre los seguramente muchos motivos que existen, hay uno delicioso: de la misma manera en que los investigadores científicos pueden terminar como políticos (véase Bernat Soria) a pesar de lo que decía Webber hace ya más de un siglo sobre la contradicción intrínseca de ambas cosas, igual que los jueces pueden llegar a actuar como políticos (véase Baltazar Garzón cuando se metió en el ajo directamente), o de idéntica forma a como cualquier otro profesional no político puede aprender esas habilidades que no están en su profesión e incluso pueden ser incompatibles con ella: porque haga falta, para llegar a un cierto nivel/cargo de esa profesión, el beneplácito o digitalización directa -se me entiende- de un político.
Sencillo. Elegante. Efectivo.
Pues eso, que lo pongo rápido: una anotación corta para un caso concreto que hace que se navegue lento (lo siento, hoy no doy pa más; ni siquiera voy a poner dibujito en esta entrada…)
Algunas de las cosas que influyen en la velocidad de navegación por Internet es la velocidad del ADSL, por supuesto, y el uso correcto de la caché, y otras zarandajas. Pero hay otra que, aunque de uso menos continuo, resulta que puede terminar fastidiándote la velada internetera, como me ha pasado a mí la última semana.
Se trata de los servidores que resuelven nombres de dominio (comúnmente llamados DNS). A estos servidores va cualquier navegador nada más escribir una URL en su barrita y darle al Enter, para convertir esa URL, que es un texto, en la dirección IP de la máquina que contiene la página que se quiere ver. Pues bien, esta operación de traducción implica ir a la red y por tanto un tiempo que si pasa al rango de los segundos (como me sucedió a mí) hace la navegación insufrible…
El caso es que he encontrado una web que lista semanalmente los servidores DNS de diferentes proveedores de Internet (lo suyo es que uses los de tu proveedor, aunque no tienes por qué), ordenados por velocidad de acceso. La tenéis aquí. Consultándola el otro día me di cuenta de que estaba usando en mi configuración de conexión unos DNSs bastante churros, así que los cambién, apagué y encendí la conexión, y voilà!, navegación casi instantánea
Así que hale, si tenéis el mismo problema, echadle un vistazo. No explico cómo meterlos en la configuración de la conexión de red porque depende de cada S.O. y de todas formas suele ser bastante sencillo. Cuidado, eso sí, de que si al S.O. le habéis dicho que busque automáticamente los DNSs, es posible que se los pida a vuestro router -si tenéis router- y entonces es allí donde tenéis que ponerlos.
¿Se preguntará la gente que no está familiarizada con el sistema de investigación científica por qué no puede consultar en Internet TODAS las publicaciones científicas que se editan al año (que son infinitud), gratuita y libremente?
Lo digo porque, si yo no supiera de esto, me imaginaría que la investigación científica se desarrolla fuera del circuito de la economía de mercado (a excepción del dinero que se paga a los investigadores y sus cacharros, que de todas formas es en gran cantidad público), y puesto que sus resultados son un bien universal, deberían ser de acceso gratuito y libre.
No tengo ganas, francamente, de hacer un análisis exhaustivo del tema (y esta entrada ya me ha quedado larga), pero sí explicaré uno de los motivos de base por el que el conocimiento científico de alto nivel, en muchos campos, no está disponible en Internet para que todo hijo de vecino lo lea. Es muy sencillo, y lo pongo en negrita: a los investigadores se nos pide un currículum investigador -artículos publicados, principalmente- para mil cosas.
La persona que lea esto se preguntará ahora qué tiene que ver que uno tenga que formarse un currículum de investigación con el hecho de que los artículos no estén libremente en Internet.
Pues el enlace entre ambas cosas es que el currículum de unos investigadores, como todo currículum, debe ser comparado con el de otros para optar a ciertas cosas. Esto, a su vez, significa que los artículos de uno deben poder ser comparados con los de otro. Esto, por consiguiente, significa que cada artículo debe poder estar asociado a un numerito (es la forma más sencilla de compararlo con otro).
No, tenéis razón, aún no hemos llegado al final de este razonamiento inductivo.
Para empezar, ese numerito no puede reflejar de manera objetiva lo bueno que es un artículo, porque nada puede hacerlo. Como decía Einstein, “Si supiésemos lo que estamos haciendo, no lo llamaríamos investigación, ¿no crees?”. Yo añado: “Si supiésemos objetivamente cuándo lo que estamos haciendo va a ser buenísimo, sólo haríamos cosas buenísimas, ¿no crees?”. En fin. Un resultado no es mejor ni peor que otro salvo subjetivamente hablando (a mí me lo puede parecer, y a otro investigador parecerle lo contrario).
Pero bueno, supongamos que a pesar de todo queremos buscar tal numerito (recordemos: porque se nos pide un currículum investigador).
Pues lo que se le ocurrió a alguien muy listo es usar otro numerito que tuviera asociada la revista en la que el artículo apareciera publicado (olvidémosnos de los congresos, que se consideran menos importantes). Así que ahora estamos en que para que yo pueda tener un “buen” currículum investigador, tengo que publicar en revistas con un numerito asociado, ser éste alto, y publicar muchos artículos allí (nótese cómo ninguna de estas cosas indica objetivamente que soy buen investigador: como se puede uno imaginar, si los artículos no pueden establecerse como mejores o peores objetivamente, menos una revista -aunque muchos tengamos la misma opinión de cuál es la mejor-).
Da igual. Asociémosle un numerito a las revistas científicas. Todo esto que he dicho sobre la imposibilidad de calificar objetivamente un artículo o una revista es sólo un fleco del razonamiento principal, que sigue así:
Ese numerito (el más usado, pues hay otros) se llama actualmente factor de impacto, y lo calcula y asigna el Institute for Scientific Information (ISI), comprado en 1960 por la compañía Thomson Scientific & Healthcare. ¡Ah! Ya asoma aquí la economía de mercado
Recapitulemos. Yo me formo mi currículum con artículos, y esos artículos deben tener el numerito que el ISI le asigna a sus revistas para que mi currículum valga para algo más que mi higiene personal. Se puede uno imaginar que uno va a intentar que todo el trabajo que invierte en investigar (que es bastante) se aproveche al máximo, y eso lo hará tratando de que se publique en las revistas a las que el ISI le da factores de impacto, en el mayor número posible de ellas, y, en particular, en las que tengan mayor valor de su factor de impacto.
Añadamos que al publicar en una de esas revistas, que son en papel y de pago (aunque también suelen ser consultables por la Web -pagando; si no estás pagando es que probablemente estás en un ordenador de una Universidad que está pagando por ti-), te hacen firmar un copyright de cesión de derechos de publicación draconiano que en muchos casos incluye el que no puedas publicar ese mismo artículo en ningún otro medio. Quizás te dejen prestárselo a los amigos, algo así como la copia privada de cassettes…
¿Resultado? Que todo mi esfuerzo investigador no lo voy a mandar en primer lugar a una web libre de acceso y gratuita (que no aparece en el ISI), sino que antes le daré un viajecito por las revistas del ISI, y si tengo la fortuna de que sus revisores crean (no objetivamente, claro) que es publicable, ahí terminará su recorrido. Publicar el artículo en una web abierta permitiría que hubiera revisiones fundadas, importantes, continuas, técnicamente permitiría hacer muchas más consultas complejas sobre su contenido, etc. (véase esta interesante entrada en el Blog del Futuro del Libro), pero es que yo necesito, porque me lo piden, formar un currículum competitivo respecto al de otros. No es opción.
Y así llegamos a por qué, a pesar de las infinitas ventajas de las publicaciones “open” en la Web (como a veces se las llama), realmente su éxito esté todavía muy limitado a ciertas disciplinas: es debido a que hay otros sitios en donde lo que el investigador obtiene es más ventajoso, y a que, además, esos medios son negocios (¡la economía de mercado!) y le obligan al investigador a cederle la exclusividad de la publicación de su texto. Hacen otras cosas más feas, como no pagarle un duro a los revisores que califican de publicable o no un artículo (que son a su vez investigadores que quieren publicar sus cositas en ésa y otras revistas), o no pagarle al creador del artículo a cambio de los beneficios en ventas que obtengan (o a la institución pública que financia al investigador, si queréis), pero para qué abundar en cuestiones auxiliares al asunto. Creo que ya ha quedado clara bastante parte del meollo.
Supongo que conforme pase el tiempo y los del ISI vean que puedan sacar algún beneficio económico de incluir en sus rankings a estas publicaciones Web, la cosa irá cambiando.
O lo mismo no y la industria de la revista científica (que es lo que es: una industria) se enroque en su modelo de negocio igual que la discográfica, la cinematográfica, etc. etc.
En cualquier caso, he querido anotar esto aquí no como crítica (ni siquiera se me ocurre de qué manera se podrían solucionar las deficiencias que señalo), ni exhaustivamente (hay muchas más implicaciones económicas en esto que las que cuento), sino para que de manera simple y llana cualquiera pueda observar las contradicciones que normalmente jalonan no sólo la carrera de un investigador, sino el propio sistema de investigación científica. Espero que haya quedado entendible incluso para quienes no están al tanto del tema, que era la idea.
Como hablábamos hace poco de Dune, pues qué mejor que dedicar el rincón de la peli del finde de este blog esta semana a dos versiones cinematográficas de la susodicha novela de Frank Herbert, que he estado revisitando estos últimos días.
La primera es el Dune de David Lynch. Inicialmente se pretendió hacer otra obra, en la que iban a intervenir, coordinados por Alejandro Jodorowsky, gente tan importante en diversos aspectos del arte como Salvador Dalí, la banda Pink Floyd, H.R. Giger y Moebius. Quizás demasiado arte, o demasiado ego (que a fin de cuentas son en muchos casos lo mismo) llevó a retrasar ad infinitum el proyecto, con lo que al final la que se realizó fue la de David Lynch, terminada en 1984.
Esta película, sorprendentemente (la sorpresa viene de la creatividad tan excéntrica de Lynch), trató de ser bastante fiel a la novela, dentro de lo que una película puede ser fiel a un libro de 700 páginas tan complicado. Incluso Frank Herbert así la definió, y la ambientación, a pesar de ser tan extraña como lo es en cualquier proyecto de Lynch -¡esos tópteros poliédricos!-, llegó a fraguar entre los fans de Herbert: en especial todos los personajes eran prácticamente iguales a como él los describía en su libro, y por tanto fue fácil que ocuparan la imaginación de quienes los habían leído, y seguramente releído, en letra. Sin embargo, algunos artefactos que Lynch usó para reducir el metraje -¡esos odiosos “módulos sobrenaturales”!- y para hacer que la película fuera al menos mínimamente asequible, como amplificar el maniqueísmo de lo malo y repugnante que era el Barón Harkonnen y lo buenos y elegantísimos que eran los Atreides, o ese final lluvioso que equivale a un toque mágico que el libro nunca tuvo, dejaban una sensación desconcertante en el espectador. El resultado fue que esta película puede ser interesante para quienes ya les guste mucho la novela. Para un público que no haya tenido contacto previo con ésta puede resultar demasiado “de culto” (o friki, como se dice ahora para demasiadas cosas) e incomprensible. Fue un fracaso comercial y de crítica.
Dice un rumor nunca confirmado que fueron 8 horas de metraje las que preparó originalmente Lynch. No se sabe si es cierto, pues la película que se comercializó es de 137 minutos y la versión extendida que se hizo para la televisión americana, de 177 minutos, nunca fue reconocida oficialmente por Lynch a pesar de haber usado su trabajo (ésta no tiene el encanto que yo le veo a la primera, aunque quizás hile mejor la historia para el espectador menos familiarizado con la novela).
En fin, el asunto es que a pesar del fracaso inicial, la novela seguía teniendo la misma fuerza latente que tuvo El Señor de los Anillos en el género de fantasía: los fans seguían apareciendo, se consideró por muchos durante mucho tiempo -si no aún- como la mejor novela de ciencia ficción de todos los tiempos, y, bueno, ya se sabe que la imaginación de mucha gente, por muy frikis que sean, termina normalmente cristalizando en productos que pueden transformarla en dinero
Así que hubo un segundo intento. Esta vez, el rodaje de la magna (tanto como obra de arte como por compleja) primera novela de la saga escrita por Herbert vino de la mano de John Harrison como miniserie para TV de tres episodios, emitidos el año 2000.
Esta miniserie también es bastante fiel al libro, y también tiene sus excepciones a esa fidelidad como no podía ser de otra forma dado el libro del que estamos hablando… En particular, la estética es completamente distinta a la de la película de Lynch (se parece más a la que podrían haberle dado inicialmente Moebius y compañía), haciendo uso de la tecnología de efectos especiales del momento -aunque para mí personalmente la de Lynch no desmerece en nada a esta miniserie en eso-, los personajes no tienen ningún parecido a los que minuciosamente describió Herbert, el guión -¡qué diálogos más planos!- pierde toda la oscuridad, complejidad, profundidad o como queráis llamar a eso que destila el libro por los cuatro costados y que Lynch sí mantuvo porque es algo también intrínseco en su propio estilo cinematográfico, y el elemento mágico se exageró mucho más que en la película de 1984, pareciendo a veces una de esas producciones baratas para televisión sobre el mago Merlín… También se le dio un protagonismo a la Princesa Irulan que no existe en el libro con el fin de encajar en poco tiempo ciertos asuntos (lo cual no quedó del todo mal). Se consiguió así una película muchísimo más accesible al público no fan, comprensible y de más amplia audiencia. En algunos aspectos, quizás debido a su mayor longitud, es más fiel a (y no se come) algunas escenas del libro, al contrario que la de Lynch.
La miniserie fue continuada, dado su éxito (ganó dos Grammies), con otra, Hijos de Dune, en la que se resumen los dos siguientes libros de la saga de Herbert: El mesías de Dune e Hijos de Dune. En mi opinión, esta segunda miniserie tiene una alta calidad, pero aquí no hay otra con la que compararla…
Es probable que ya esté agotado el filón de Dune y no creo que podamos ver adaptada de nuevo la saga de Dune en formato de serie de TV con todas sus consecuencias en una serie de calidad: varias temporadas, exhaustividad en la adaptación, fidelidad al libro y a todos sus niveles de madurez y complejidad… Pero yo siempre digo lo mismo: no nos empeñemos en hacer infinito lo que ya terminó. Seis libros de Dune originalmente escritos por la pluma de Frank Herbert (las muchas más mediocridades que su hijo perpetró después para sacar dinero no cuentan) no necesitan nada más para deleitar. El que muriera antes de poder dar fin a tan descomunal historia no es motivo para hacer como si no hubiera muerto pretendiendo que se pueden contar más cosas sobre el universo de Dune… de la misma manera en que lo haría su creador.