Ese inepto está ahí arriba porque usó la inteligencia para buscarse los amigos adecuados que lo auparan.
Y luego estamos los que nos quejamos de que el hip-hop es repetitivo…
(Visto en El Confidencial)
No se pierdan la relación lengua hablada – subtítulos de este maravilloso documental de la tierra.
Curiosa película de los años 80… A ver, es mala, no lo vamos a negar, pero para ser de esa época, es un maravilloso ejemplo de cómo montar con un par de dólares una película de ciencia ficción que se deja ver (no creo que se gastaran mucho más). Y hasta tiene partes seriamente trabajadas. Yo la pondría como ejemplo de aprovechamiento digno de los recursos en cualquier curso de cine…
En ciertos aspectos, además, tiene un toquecillo a Philip K. Dick que me enganchó definitivamente :-)

Con tanta insistencia en el proceso de reforma educativa de Bolonia por parte de las instituciones políticas, no viene mal escuchar de vez en cuando voces discordantes.
Se ha publicado recientemente en El País un artículo de Andrés Recalde Castells, catedrático de Derecho Tributario y Financiero de la Universidad Jaume I de Castellón, en el que señala algunas de las ideas inciertas que se dan a entender, e incluso se afirman, sin nada que las sustente, desde los promotores nacionales de la idea. El artículo se puede leer aquí. Está escrito desde el punto de vista de las titulaciones de derecho, pero en realidad es equivalente para todas las demás. Las ideas fundamentales que expone son:
Además, se está comentando que con los planes piloto de transición a Bolonia que se implantaron estos últimos años en algunas Universidades se consiguieron mejores resultados académicos. Esto es peligroso, porque si por mejores resultados académicos se entienden mejores notas, diré que para eso no hace falta Bolonia; poner a los alumnos mejores notas es lo más fácil del mundo: sólo hace falta bajar el nivel de exigencia.
Merece la pena reflexionar sobre todo esto, y quizás asustarse también, dado que este curso próximo ya empezará a haber bastantes titulaciones con el nuevo sistema…
Ayer por la tarde (a eso de entre las 16:00 y las 17:00, hora española), y cumpliendo las peores previsiones de una red libre de escala, a Google le dio un pallá con bastante repercusión. De repente las búsquedas tenían activado un filtro de supuesta seguridad, encargado de detectar imágenes y textos porno en las páginas de resultados (no sé qué tiene que ver eso con la seguridad; en todo caso con la protección a los menores), que: a) aunque lo desactivaras seguía en marcha, b) marcaba todas las páginas encontradas como sospechosas, c) conseguía que fuera un suplicio llegar a la página en cuestión si te daba por ignorar la advertencia, y d) iba acompañado de un enlace que supuestamente explicaba el aviso pero que no llegaba a cargar nunca.
Lo último pudo ser una caída de servidor; lo otro más bien pareció una melonada de los responsables. De hecho, se ha confirmado que así ha sido.
En cualquier caso, los que estábamos en ese momento haciendo cositas con google hemos experimentado la experiencia religiosa de su ausencia. Yo en particular me he quedado sin poder buscar qué programas en condiciones hay para distorsionado de imágenes 2D (warping) y sin encontrar algunas con las que probar. El resto de los buscadores, simplemente, siguen sin dar la talla después de años.
Ha tenido su morbo retroceder en una hora diez añitos en nuestra forma de hacer algunas cosas. Terrible cuando se piensa, pero Clarke y Kubrick ya lo advertían: el hombre se ha convertido en una especie frágil que depende demasiado de sus herramientas…
(Visto en Microsiervos; pulsa para ampliar)
¿A ninguno de los guionistas del anime de Bola de Dragón Z o autores del correspondiente manga se le ocurrió que resolver las tramas en base a incrementar indefinidamente la potencia de los contrincantes era un recurso un pelín (sólo un pelín) limitado, además de idiota?
¡¡Por diossss que disuelvan en ácido de una vez al dichoso Bu!!
(Lo siento, desde que no tenemos la inefable MTV alemana, no echan nada mejor en la tele a la hora del desayuno. Además, me ha dado una astenia mu tonta en pleno mes de Enero)
Hace ya tiempo que se viene diciendo que Internet va a revolucionar el mercado del libro, tal y como lo está haciendo con el de la música. Es evidente que para los lectores no sólo lo va a hacer, sino que lo está haciendo ya desde hace tiempo.
Pero a menudo se extrapola al caso de los autores. Ejemplos se ponen: Lulu, bubok, que permiten a cualquiera editar e incluso poner a la venta en el mismo lugar sus propios libros, sin coste. También las empresas de autoedición, o la posibilidad de simplemente colgar un escrito en una página web, o bien la de publicar algo en PDF para leerlo en un libro electrónico se toman como ejemplo del cambio drástico que ha de tener esta industria para los juntadores de letras.
Sin embargo, por algún extraño motivo, este cambio no acaba de producirse.
Ciertamente todos los factores mencionados parecen revolucionarios para un autor, pero cualquiera que esté un poco (sólo un poco) metido en esto de la industria editorial sabe que un libro se vende, o llega a muchos lectores, únicamente (o principalmente) por su promoción. No por su calidad. No por su coste de edición.
Y de todos los factores revolucionarios mencionados antes, la promoción sólo se ve influenciada por la accesibilidad total de la red.
Pero accesibilidad no equivale a visibilidad. Muchas personas, cuando tienen ese factor en cuenta, piensan que la naturaleza de Internet puede suponer un descalabro para el sistema actual de edición; piensan que la red romperá todas las barreras y filtros de las editoriales, puesto que cualquiera puede ver lo que se pone ahí, sin tener que esperar a que una editorial o distribuidora lo haga visible, y además, sin coste. Confunden, en definitiva, que sea accesible con que sea visible.
Lamentablemente, la red es inmensa. El coste de acceder a cualquiera de sus puntos es cercano a cero, cierto, pero nadie va a llegar al sitio que tú quieres sólo porque lo pongas ahí. Tus páginas web sólo las encuentran los cuatro amigos que te conocen y a quienes les has dicho que las tienes. De vez en cuando pasará alguien más, pero normalmente te olvidará a los dos clics de ratón, demostrando que los buscadores tampoco garantizan realmente esa visibilidad que deseas. De hecho, la inmensa mayoría de las páginas web, para ti mismo, son tan invisibles como si no existieran.
Es cierto que hay sitios web muy visibles: concentradores con muchas conexiones con el resto, que ya son populares. Quizás por el boca a boca o por alguna labor de promoción más o menos encubierta, han llegado a ser verdaderos escaparates. Pero por ese mismo motivo no están a tu servicio ni a tu alcance como autor. Y no se sabe bien cómo puedes montarte tú uno. Además, su número no puede crecer indefinidamente, dada la capacidad de la gente de seguir a una cantidad limitada de sitios. Por tanto tratar de trabajar por ahí puede llegar a ser infinitamente frustrante.
Así que para el escritor no conocido, poner la obra en Internet es como si se sentara en una inmensa plaza rodeado de millones de personas. Aun con un vestido llamativo no tendría garantizada más popularidad que la de cualquier otro hijo de vecino.
O sea, que el futuro del libro no va a cambiar esencialmente desde el punto de vista del autor. Todo se resume, como ahora, en las dos categorías en que éste puede caer: a) no lo conoce nadie, o sólo un círculo pequeño de amigos, y b) es popular, lo conoce una masa importante de gente.
En el caso a), por mucho que el autor use los mecanismos electrónicos para quitarse de enmedio a las editoriales o a cualquiera que fastidie (según su punto de vista) la visibilidad de su obra, siempre tendrá que lidiar con la promoción, que como hemos dicho, no cambia sustancialmente su estructura por las nuevas tecnologías. Nadie leerá su escrito más allá de sus conocidos, a menos que se publicite convenientemente. Deberá, por tanto, hacer uso de alguna entidad que le ayude, como ahora lo son las editoriales. En resumen: el publicar electrónicamente no supondrá ninguna gran diferencia con enviar su manuscrito a una editorial. De hecho puede ser contraproducente, pues las editoriales suelen dominar el mercado de publicidad infinitamente mejor que el autor.
En el caso b), el autor es ya popular. Por tanto podría publicar electrónicamente, liberándose de la editorial, pues ha superado el problema de la promoción. Pero claro, teniendo en cuenta que si publica en una editorial ésta se encarga de un montón de labores que están más allá de la escritura, y sus capacidades de dominar los canales de promoción están más allá del alcance de las del autor, la opción de la editorial le trae más cuenta. Por eso hay tan pocos autores conocidos publicando en PDF, en Web, autoeditándose, etc. Porque las editoriales les promocionan mejor que ellos mismos y además así se pueden dedicar a lo que quieren hacer realmente: escribir.
Éstos son los motivos por los que casi todos los que se autoeditan son desconocidos que creen poder romper el límite de su escasa popularidad usando las nuevas tecnologías. Desde mi punto de vista, bastante ingenuos.
Pues eso, que parece que las ventas de música en nuestro país han caído un 64% desde el año 2000. Según Antonio Guisasola, presidente de Promusicae (asociación que representa a productoras locales e internacionales en España), todo se debe a que “La cultura del gratis total y los escrúpulos cero sigue vigente en el internet español mientras los poderes públicos aún no han tomado ninguna medida para proteger a este sector“.

Por supuesto, esta situación terrible para una industria (seguramente fruto del diabólico mercado libre, igual que la crisis) no es inédita. Lo único nuevo es que ahora tenemos a quien la pueda denunciar. Sin ir más lejos, el Estado, que no tomó ninguna medida reseñable para obligar a los díscolos españoles a sentarse sobre el mimbre, fue también el culpable de que se dejaran de vender sillas de enea, merecedoras sin duda de ser protegidas como parte de nuestra cultura. Claro, es que empiezas con la falacia ésa de “el cliente tiene siempre la razón” y acabas sin sillas de enea y sin industria musical.
Hay que ver también el poco ojo cultural que tuvo el Estado cuando se vino abajo el negocio de los candiles de aceite, maravillosos artilugios desaparecidos en pro de las maléficas bombillas eléctricas (ni que decir tiene que los españoles que decidían no usar candiles ni bombillas alumbrándose con la sana luz del sol, miembros sin duda de la secta del gratis total, eran unos agentes pre-neolíticos manipulados por quién sabe qué ocultos intereses).
Pero no vayamos más lejos. No quisiera hurgar ahora en las heridas del pasado profundo rescatando, por ejemplo, el recuerdo de la cultura del papiro, que debió haber sido salvada a toda costa de la modernidad de los antiguos chinos, que no tenían escrúpulos, a pesar de los altos costes que suponía el papel egipcio. ¡Ah, si hubiera existido entonces la Pro-musika-seth! Hoy, todos escribiendo nuestros nombres en cápsulas y con plumas de garza.
En fin, que deberíamos estar agradecidísimos de que exista una entidad en nuestros días (no la única) que tenga la certeza absoluta sobre lo que es la cultura, lo que no, lo que debe salvarse del progreso, lo que no, y aun más, que reúna las capacidades matemáticas suficientes para, en el lugar propicio y el momento oportunos (como son éstos mismos, donde casualmente ellos existen), poder calcular cuánto dinero haría falta que ellos ingresaran para convertir esa maravillosa cultura en símbolo inmutable de nuestras tradiciones imperecederas, nuestra idiosincrasia valiosísima, en fin, de nuestra enteléquica mismidad (no puedo alejar de la mente ahora mismo la última tonada de El Canto del Moco, ay, las lágrimas asoman pensando en su posible pérdida por la quiebra de la discográfica que les aporta recursos tan humanamente).
Por cierto, que ya estoy dejando demasiado tiempo lo de llamar a una entidad de este tipo para que empiecen a considerar cultura a mis relatos. Oyes, para mí son tela culturales. Y mira que si por ponerlos gratis en internet va la gente y no se compra luego las antologías que algún amable (y loco) editor quiera sacar al mercado… ¡Ay ay ay, que el Estado me pague unas distribuciones en papel dignas que hagan que perduren en el tiempo, hombre, que es triste de pedir pero mucho más es de robar!
P.D.: ¿Habrá caído este hombre en que prestar una cosa a otra persona -que es en lo que consisten exactamente, ni más ni menos, las redes P2P- no sólo no es delito sino que es imposible de impedir salvo poniendo un policía de la cultura al lado de cada ciudadano? No; estoy seguro de que nunca le habrá prestado nada a nadie por ningún medio; ni revistas, ni artículos, ni ¡música!… Y de hacerlo, seguramente habrá ido a pagar, en cada ocasión y a no mucho tardar, los correspondientes derechos al propietario de la obra. Qué cosas tengo…