¿Cómo se nota en la Universidad que un lunes es festivo?
Mirando en las paradas de autobús cercanas el viernes anterior:
Mirando en las paradas de autobús cercanas el viernes anterior:
Esta vez ha sido un cortometraje, estrenado en el Kinépolis de Granada, ciudad donde tiene su sede la magnífica empresa de desarrollo de películas de animación por ordenador Kandor Moon (fusión de Kandor Graphics con Green Moon, la productora de Antonio Banderas). Dado que tenemos familia en el asunto (no, no es Antonio Banderas, señoras y señoritas), nos consiguieron una invitación para el estreno:
Y allí que nos fuimos en viaje autobusero relámpago de ida y vuelta en el día a Graná, donde mi santa tuvo el infortunio de no encontrarse con Antonio Banderas, pero todos tuvimos la suerte de disfrutar de un pedazo de corto que ya puede Pixar echarse a temblar. Lamentablemente aún está haciendo circuitos por festivales y no está disponible para el público general, pero ya aviso de que es una gozada de corto (y lo vimos en 3D, já).
Como no puedo contar de qué va para que los dientes se vayan alargando (ya hablé un poco del trailer aquí, pero lo que viene después es alucinante al lado del trailer), y los dientes se alargarán mientras Kandor Moon prepara su segundo largometraje después de El lince perdido, que por cierto está haciendo ahora furor en Korea, dejo en esta entrada la parte más humana del asunto. En particular los caretos de mi concuñao y su sufrida esposa (mi cuñá), que es el fontanero (mi concuñao, no su sufrida esposa) en el apartado técnico del corto, y a quien a veces también llaman responsable del pipeline:
Como veis, tenemos muchas esperanzas puestas en mi concu y su Kandor Moon. En particular, esperamos que de aquí a un par de años nos hayan sacado de pobres a toda la familia y nos vayamos a Beverly Hills
(¡Y pueda cambiarme a un móvil con una cámara en condiciones!)
Si uno puede tener a los cincuenta años todo lo que deseó cuando tenía quince, uno es feliz.
¡Tigre, tigre!, de Alfred Bester
Yo sólo hablo por el de Málaga, pero es que llevan años así… Y ya no hay explicación racional. Debe ser que ahora no sienten la crisis y siguen vendiendo como antes, pero eso de estar un rato esperando en la caja como un idiota con el libro en la mano y ver cómo o no aparece nadie (porque no se ve nadie en lontananza, de hecho) o están a poca distancia pero no te hacen ni puñetero caso se está convirtiendo en una costumbre que les va a merecer un castigo.
Como el que yo deje de comprarles nada no les va a servir de lección, pienso aprovechar su indiferencia para cambiarles todas las novelas de gran éxito comercial en los estantes de la entrada a los rincones más insospechados (empezaré por las de vampiros y seguiré con las de Javier Sierra, sin olvidar la inefable “Orgullo y Prejuicio Zombie”), y pondré en los estantes de la entrada los libros de género fantástico español. Se va a cagar la perra.
Recuerdo que hace más de 10 años el “close-captioning” (ponerle subtítulos a las emisiones de televisión) funcionaba a la perfección en Estados Unidos en la televisión por cable que, por supuesto, ya tenían. Aquí depende del aparatito de TDT o de la tele si lleva el receptor de TDT empotrado: cuando te los entiende lo más probable es que te entienda algunas frases pero otras se las coma (será para practicar mejor el inglés), y cuando no los entiende puedes usar los de la página 888 del teletexto… siempre que no seas sensible a las traducciones arbitrarias (y siempre que tengan activa esa página para esa emisión).
Vamos, un desastre. Parece que esto fuera España, oiga. Y encima del timo de forzar la TDT por ley (seguro que no ha habido intereses económicos de nadie por medio), dentro de un tiempo también habrá que cambiar de aparato para poder decodificar los nuevos canales de pago (¡es que me da la risa!) que esperan que algún incauto contrate…
En fin. Para muestra un botón: aquí una peli de Antena 3 en la que en la primera escena están hablando y no sale subtítulo alguno, pero en la segunda sí. “A new approach to probabilistic close-captioning”, sería el artículo a mandar a alguna revista científica para echarnos unas risas…
Disponemos de un partido político que se descompone a ritmo acelerado, un partido plenamente descompuesto desde hace años, un partido que nunca pudo componerse a sí mismo, y otro que no sabe si está descompuesto o no, porque no sabe dónde tiene la nariz (ni ningún otro órgano de su cuerpo, especialmente los más ceranos al cerebro).
Hay más Casas hereditarias en el Ladsraad español, digo partidos políticos, pero todos los demás están en éstos, como en el famoso dicho.
Mmmm… ¿cuál marcar en la papeleta que la clase aristocrática moderna tiene a bien ofrecernos a la plebe cada cuatro años, tan tranquilitos y comoditos nosotros en nuestras butacas, sin muchas ganas de que nadie nos moleste ni de molestar a nadie (iba a decir que nos regalan la papeleta, pero encima la pagamos)?
Es una cuestión importante. Porque el marcaje de la papeleta, esa gran fiesta popular, es donde se decidirá qué miembros de la aristocracia intercambian sus asientos entre sí, lo que influirá con toda seguridad en nuestro futuro, ya que todos ellos trabajan por el bien común de este pueblo tan exigente y activo y admirable.
¿… o simple falta de habilidad publicitaria?
Pues sí: hay muchas veces que miramos el cutre-reloj de nuestro cutre-coche, normalmente al aparcar y al salir de un aparcamiento (no me preguntéis por qué nos da por mirarlo justo en esos momentos) y nos encontramos una bonita hora capicúa. Tenemos pruebas tomadas directamente del cutre-reloj con la cutre-cámara de mi cutre-teléfono móvil. Ésta de abajo es sólo una de ellas, lo que estadísticamente hablando no dice nada, pero vosotros me creéis cuando os digo que esto nos pasa uno de cada dos días aprox.:
Como podéis comprender, una mente científicamente entrenada, a pesar de llevar sufriendo durante meses constantes e intensivos ataques de burocracia y de proceso de Bolonia, no puede conciliar el sueño sin desentrañar estos efectos místicos que Iker Jiménez achacaría al próximo despertar templario de las fuerzas telúricas de Merlín (predicho por San Malaquías).
Este cutre-reloj nuestro no muestra segundos y es de formato 12 horas. Para encontrar un número capicúa en tal cutre-reloj podemos dividir el espacio de las horas del día en cuatro casos: i) cuando son entre las 0:00 am y las 9:59 am (el dígito de enmedio no importa entonces: basta con que coincidan los de los extremos para que la hora sea capicúa), ii) cuando son entre las 10:00 am y las 12:59 am, iii) cuando son entre las 1:00 pm y las 9:59 pm (parecido al caso i pero de menor duración), y iv) cuando son entre las 10:00 pm y las 11:59 pm (parecido al caso ii pero de menor duración). Llamaremos al caso con la letra , y sabemos la longitud en horas de cada caso: 10 para c=i, 3 para c=ii, 9 para c=iii y 2 para c=iv, que, como es lógico, suman 24 horas, cubriendo todo el día.
Supongamos que miramos el reloj en cualquier momento del día con la misma probabilidad. Queremos saber si se estará mostrando una hora capicúa. En teoría de la probabilidad, esto supone que podemos definir una distribución de probabilidad de dominio discreto e imagen continua acotada:
donde “es capicúa” es el evento A, y “no es capicúa” el B, y, como muestra la segunda línea, la suma de imágenes de la función correspondientes a todos los elementos del dominio debe ser 1 para que se considere bien definida como función de distribución de probabilidad. En nuestro caso, como ambos elementos del dominio son excluyentes, se puede decir además que tenemos una distribución de probabilidad de Bernoulli, aunque no añada mucho a este análisis:
de la que no sabemos cuánto vale p (que es la cuestión).
Siguiendo una aproximación frecuentista (me encanta decir esto), en el caso i definido antes nos encontramos con que la probabilidad de que la hora sea capicúa será 1 (= será ciertamente capicúa) un minuto de cada diez, o sea, . Nótese que esto es una frecuencia, y al ser constante durante el caso al que se aplica, no es influida por lo que dure ese caso (el i). En el caso iii se cumple lo mismo -hay la misma frecuencia de capicúas aunque ese caso sólo dure 9 horas-:
. En los casos ii y iv es distinto. En el caso ii, dado que hay 60 minutos posibles (del “00″ al “59″) y 3 horas posibles (de las “10″ a las “12″), sólo en 3 de esos minutos posibles (el “01″, el “11″ y el “21″) se podría dar la coincidencia; o sea, en el caso ii la hora será capicúa durante 3 minutos de las 3 horas, o, usando minutos como unidad de tiempo,
; para el caso iv el razonamiento es similar pero sólo dura 2 horas, llegando a
.
Con estos datos y el teorema de la probabilidad total se puede formalizar el cálculo del valor de p:
Como hemos calculado arriba la duración en tiempo, durante un día entero, de cada caso, sabemos sus frecuencias relativas, o sea, que ,
,
y
, con lo que tenemos:
Lo que viene a decir que, si miramos el reloj al azar en cualquier momento del día (con la misma probabilidad), tendremos que casi 1 de cada 10 veces -un poquito menos- nos encontraremos un valor capicúa, lo cual era lógico puesto que los casos ii y iv apenas tienen probabilidad de suceder -son muy pocas horas a lo largo del día-, y por tanto quienes dominan son los otros dos, que tienen una probabilidad de capicúa de .
Bueno, esto es malo para una mente científica: según la teoría de la probabilidad ni de lejos te vas a encontrar la frecuencia que nosotros observamos en el mundo real y boloñés de nuestro cutre-coche. Aquí podría Iker levantar la mano y achacar nuestra sobreabundancia capicuística a una profecía de la voluntad celeste escrita en papiro por San Malaquías (y guardada por el Priorato de Sión en algún rincón oculto de Bretaña).
Ah, amigos, pero es que la suposición “miramos el reloj en cualquier momento del día con la misma probabilidad”, escrita más arriba, no se da en nuestro caso exactamente… Como he dicho al principio, miramos el reloj al salir o entrar en un aparcamiento, o sea, cuatro veces al día los días que cogemos el coche (si cogemos el coche no volvemos a comer a casa). Además, ninguna de esas entradas/salidas de aparcamiento suele caer en los casos ii ni iv (esos casos no reflejan horarios normales de entrada/salida al trabajo… por ahora). Por tanto, cada vez que miramos el reloj tenemos una probabilidad de que sea capicúa igual a la que se tiene en los casos i o iii, es decir, para nosotros es más exacto suponer . Pero es que, además, el día que miramos el reloj lo hacemos cuatro veces: al salir del aparcamiento, al entrar en el otro, y viceversa, y, dado que esos momentos son independientes en el tiempo, tenemos que la probabilidad de que un día que cojamos el coche veamos alguna hora capicúa es
.
O sea, 4 días de cada 10 en que usemos el coche, o, lo que es lo mismo, casi 1 de cada 2 días.
Lo que yo había dicho.
Hale, Iker, ahora vas y lo cascas
Qué puedo decir de esta película… Recuerdo que la primera vez que la vi fue con un amigo (¡hey, Johnny!
) en el Festival de Cine Fantástico de Málaga un año que tuvo que ser 1997 por el de la película, en el cine Alameda, y que estábamos viendo una película antes y que no nos dejaron ver terminar los títulos de crédito, y como Johnny era un pedazo de friki (¡hey, Johnny!
), sólo que por aquella época la palabra friki no la conocía nadie, se enfadó mucho con el que nos había encendido las luces y cortado la proyección, y se empeñó en ir a reclamar, y resultó que nos hicieron caso y para compensarnos (para compensar a Johnny, porque a mí lo de los títulos no me interesaba tanto) nos regalaron por la cara la posibilidad de entrar a ver aquella cosa que se llamaba Gattaca y que estaban estrenando en la sala grande en V.O.S., y allí fuimos a sentarnos en los únicos dos asientos que encontramos en una esquinita pero que se disfrutaron igual que si hubieran sido fila central, y se nos saltaron los lagrimones cuando nos encontramos con la primera peli de ciencia ficción de nuestra vida en la que no aparecían naves espaciales (bueno, sus estelas de despegue sí) ni tecnología futurista (salvo la que da base a la trama, pero que no sale en sí misma nunca) ni personajes de cartón piedra musculosos o envueltos en exoesqueletos matando aliens, sino personas sintiendo, sufriendo y luchando contra sus limitaciones humanas.
Y lo flipamos. Y cuando reconocimos la música de Michael Nyman (nos perdimos los títulos de arranque y nos pilló de sorpresa) los lagrimones fueron del tamaño de Oklahoma.
Qué decir de una película tan bonita, tan cuidada estéticamente, con esos pedazos de actores y actuaciones (especialmente la de Jude Law, cómo no), con ese guión perfecto que te mantiene en tensión a pesar de que la acción es mínima, con todas esas posibilidades de intrerpretarlo que da al espectador (simplemente como reflexión sobre los futuros efectos de la selección genética, pero también como la manera en que las sociedades modernas no premian a los mejores para un puesto, sino que se vuelven más y más arbitrarias conforme más complejas se hacen, o cómo la vida es impredecible y por mucho que se crea uno merecedor de algo es mejor estar preparado para seguir adelante hasta conseguirlo, cueste lo que cueste, dadas nuestras imperfecciones, etc.)…
En fin, en cuatro palabras como cuatro son las bases del ADN: qué decir de Gattaca.
Por ejemplo, éstas sólo las pueden tener cerca del Mediterráneo: