Lithographica

Un cuaderno más de Juan Antonio Fernández Madrigal

Síntomas (VIII)

Febrero1/2011

Los telediarios hablan a sus televidentes como si fueran niños chicos.

Los políticos hablan a sus ciudadanos como si fueran niños chicos.

Los ciudadanos hablan a sus mayores como si fueran niños chicos.

Los mayores están tan contentos con la situación.

(Hasta que llegue yo, me levante del exo-taca-taca, le pegue una mascá a la cuidadora robot por tratarme como si fuera tonto, salga en algún telediario holográfico de los que habrá en mi época, en prime time por supuesto, provoque que algún morfopolítico diga alguna idiotez sobre la pérdida de metavalores, y me encarcelen finalmente debido a la recogida de ee-firmas contra la violencia de género que realice algún grupo de tecnociudadanos preocupados por los efectos de mi mal ejemplo en las granjas de socialización transversal).

¡¡Mmmmeeeck!! Camino equivocado

Enero31/2011

No voy a hablar de la Ley Sinde II. Total, ya sabíamos que la iban a aprobar. Total, ya sabemos que no va a servir para nada. Total, sería prestar atención a los políticos, esos seres que nos hacen la vida un poco más difícil de vez en cuando con sus ineptitudes.

Pero sí de algo relacionado. A ver: ya saben ustedes que no es que no vayamos al cine a ver sus películas, es que tampoco sintonizamos la tele (¿la tele? ¿eso que e lo que e?) para ver sus series. Por supuesto, todavía no he conocido a nadie que se haya bajado nada suyo de Internet, ese invento del demonio.

Ustedes están buscando desesperadamente público (al mismo tiempo que le insultan y le criminalizan, pero ya se sabe que ustedes y la salud mental, no digamos ya la lógica, no se llevan bien). Así que han dicho: ¡tate!, lo que se hace en los Estados Unidos tiene muchísimos público. ¡Tate! Vamos a imitarlo.

Ustedes se equivocan de medio a medio.

Si no pagamos por ver sus películas, si no vemos su series (pagando o no), si ni siquiera nos las bajamos de Internet (ese invento del demonio) no es porque no se parezcan a las cosas de los americanos o porque éstas últimas sean las únicas cosas que nos gustan.

Es porque son malas1 (técnicamente, me refiero; para gustos, colores).

Si son malas es porque no saben hacer bien su trabajo.

Y si no saben hacer ese trabajo no lo van a saber imitar tampoco.

Así que menos series mediocres de romanos, menos copieteos penosos de las artísticamente simplonas Heroes o Lost, más actores que sepan actuar y se los pueda creer uno durante más de diez segundos, más guiones que no parezca haber escrito yo con doce años (con catorce los hacía mejor), más historias originales y que no tengan la profundidad y la consistencia de un rollo de papel higiénico Aliada, más postproducciones que no parezcan consistir sólo en unir la pista de audio y la de vídeo, más…

En fin, lo mismo lo digo más corto así: vean In Treatment (¡ya ves la de medios que se necesitaron para hacer In Treatment!), Misfits, Mad Men (¡ya ves la de medios que se necesitaron para hacer Mad Men!), The Wire y luego deduzcan por qué, a pesar de ser todo lo contrario de las típicas series de tipo americano para adolescentes, parten la pana en sus respectivos países y fuera de ellos.

No, no he puesto enlaces en los títulos, no les vaya a dar por bajárselos sin pagar para copiarles las ideas, piratuelooooooss.

1 Sí, estoy generalizando; hoy es lunes y no tengo ganas de ponerme fino. A otros les da por acusarme de hacer cosas ilegales sin siquiera saber si las hago, que es peor que generalizar.

Cicatrices

Enero28/2011

Uno no es responsable de sus heridas, pero sí de cómo quedan sus cicatrices.

El vuelo del Hipogrifo (Elia Barceló)

De cómo caemos una y otra vez en los engaños más tontos de la publicidad

Enero27/2011

Puede que la más clásica de las que me han pasado últimamente es aquélla del photoshop en las fotos de los envases (me pasa por tener prisa por hacerme algo que llevarme al estómago, pero tenía que haberme acordado un poco más de mis tiempos de estudiante):

Obsérvense esos tacotes pseudoamarillos que supuestamente son el huevo; lástima que no se distinga bien con mi móvil su sustancia indeterminada pero perfectamente separable del resto de lo que se supone que era pescado (no conseguí encontrar ningún trozo real de tal materia alimenticia). No puedo decir también “obsérvese” el sabor, pero era más o menos el mismo que el de cualquier alimento precocinado español (recuerdo que en los Estados Unidos se preocupaban por que las salsas al menos supieran a salsa).

Por otra parte, también podríamos seleccionar el no menos famoso ejemplo de la “técnica del inflado del paquete con aire” para hacerlo más prometedor para el bolsillo:

Que sin embargo queda en evidencia con sólo coger el paquete de otra esquina cualquiera y dejar que la gravedad haga su trabajo:

Si es que nos merecemos lo que nos pase…

Infocondría

Enero26/2011

El informático más puro tiene muchas probabilidades de convertirse en un hipocondríaco: en su mundo de colores, intangible, ideal y aséptico, es imposible que no se pueda solucionar un error con el único sufrimiento de echar un rato con un teclado y una pantalla.

No hay ningún médico que te arregle algo echando un rato de pensar y teclear, y, sobre todo, sin que te duela.

Always look at the bright side of life (ejercitando la psique)

Enero25/2011

Fíjense ustedes que después de todo lo dicho he de reconocer que, visto desde lejos (donde el frío y el mal tiempo no te calan tanto como cuando estás dentro), el edificio en el que trabajo la mayor parte del tiempo hasta tiene su puntito:

Y el otro edificio en el que trabajo disfruta de unos atardeceres preciosos:

Es más. Hasta hay ocasiones en las que esta ciudad se vuelve coqueta y no te deja pensar durante un rato en todo lo que va mal, y en lo absurdo que es que vaya tan mal (lo que es bueno para reconciliarse con la realidad de vez en cuando):

Ese riquísimo espectro político nuestro

Enero24/2011

Nota preliminar: soy perfectamente consciente de que lo que pongo a continuación es una mera ida de olla, un razonamiento vago y lleno de lagunas, una retahíla de ideas que lo único bueno que tienen, si es que lo consigo, es que puedan hacer pensar (aunque hagan pensar solamente en que están equivocadas). Esta advertencia, cuando se habla de política en este país, es conveniente hacerla, lo cual apoya los argumentos posteriores pero en ningún caso los hace necesariamente ciertos.

Nota preliminar 2: vamos, que esto es pa desahogarme, más que ná.



Desde hace años se viene observando un hecho bastante relevante en las encuestas políticas, considerando “encuesta” tanto esas malas malísimas que hacen las teles y los periódicos como las buenas buenísimas (estadísticamente hablando) que son los propios comicios locales, regionales y estatales.

El hecho es el de “suelo electoral”: el mínimo porcentaje de votos sobre la población votante que una formación política va a conseguir como mínimo. Ya la propia existencia de ese concepto dice mucho de nuestra hispana idiosincrasia, pero si nos paramos a examinar el valor concreto de esos “suelos” se nos pueden caer todos y cada uno de los palos del sombrajo.

Resulta ser que los dos partidos mayoritarios tienen unos suelos electorales poco por encima del 30% de la población votante, que a 1 de Enero de 2011 se eleva a 37.891.586 personas, como se puede consultar en el Instituto Nacional de Estadística. El 30% de esa cantidad hace un total de unos 11 millones de personas (no es exacto: he considerado los mayores de edad sin mirar nada más).

Dado lo rematadamente mal que lo suele hacer un partido que gobierna al final de su última legislatura (por eso suele ser la última, claro), podemos considerar que, si a pesar de ello, siguen teniendo ese “suelo” inamovible, es porque todos esos millones de ciudadanos, a pesar de no ser todos militantes oficiales, no se van a mover de ahí incluso si su partido se lía a palos con las viejecitas, aunque sea con sus propias viejecitas, por las calles (no les den ideas), es decir, aquella cosa tan nuestra y tan futbolística de “yo soy de éstos y los del otro lado son mis enemigos mortales acérrimos”, un reflejo también muy evidente de nuestra idiosincrasia que revela que seguramente Caín fue a dar con sus huesos por estas tierras hace mucho tiempo, después de matar al tonto el haba de su hermano.

Lo de los “suelos electorales” es también muy evidente con los partidos nacionalistas, y por los mismos motivos que ahora diré, pero dejémoslos fuera de esto aunque sólo sea por sus porcentajes irrisorios (pero determinantes en ocasiones) en comparación con los de los dos grandes.

Antes de seguir, dos cosas: a) sí, puedo estar completamente equivocado y ese 30% venir de ciudadanos que cambian de voto de forma dinámica, aunque yo no sea capaz de creerme que siempre siempre acaben coincidiendo aproximadamente el 30% en el partido que peor va, qué casualidad (tambén puede ser que ese flujo sea más lento, por ejemplo a lo largo de la vida de una generación, lo cual podría ser más creíble), y b) en este punto resulta conveniente copiar aquí la definición de “fanático” que hace la R.A.E., porque la voy a usar bastante y sólo en el sentido aséptico y objetivo que ella nos dice:

Que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas.

A partir de aquí: si tenemos nada menos que un 60% de votos que no se mueven de sitio sino por fanatismo, y a eso le añadimos que normalmente la abstención es de todo menos insignificante (especialmente si ponen las elecciones en día de fútbol, de sol o de playa; no cuento los votos blancos y nulos porque aparte de ser poquísimos nadie les echa cuentas tampoco), nos queda entre un 10% y un 20% de votantes no fanáticos que son los que mueven la balanza. Esto no es algo que no se sepa, desde luego, desde hace tiempo, pero a mí personalmente me deprime un poco cada vez que alguien publica una encuesta y se vuelve a ver claro (o cada vez que me da por poner un canal de tv o leer un periódico y escuchar lo objetivos que son y lo poco inclinados que están hacia alguno de los dos partidos).

Primer colorario: que sepan todos los fanáticos de sus respectivas ideologías que no son los que deciden nada. Un voto que no cambia nunca se anula perfectamente con otro voto que no cambia nunca.

Segundo colorario: esto no es una democracia; al menos una en la que la mayoría decide. Los que deciden (que tampoco deciden mucho: sólo qué facción de las dos castas de nuevos aristócratas se pone en los sillones más caros) resultan ser bastantes menos que los fanboys de cualquiera de los dos grandes partidos o supuestas ideologías; en particular, son entre un 10% y un 20% los que al final deciden algo con sus votos. Es decir, vivimos en el gobierno de la minoría.

Tercer colorario: para que la minoría que decide pueda ser la de los no fanáticos, que es lo más deseable dadas las circunstancias, la única condición necesaria es que los otros dos grupos (porque dos partidos hay y habrá en estas dos Españas que sufrimos, durante mucho tiempo) sean iguales en “suelos electorales”. Parece ser que viene siendo más o menos así y por tanto se anulan la tontería de unos con la tontería de los otros, dejando que sean los demás los que marquen la pauta casi por completo.

Cuarto colorario: el que los dos “suelos electorales” mayoritarios sean más o menos iguales viene a indicar que la probabilidad de que un recién llegado a la mayoría de edad, con tendencias fanáticas en lo político, se decante por uno u otro comecocos, es del 50%. Vaya, que se puede deducir casi con certeza que se debe al puro azar en términos globales. Lo cual deja a las claras que lo que nos importa en este país, como en cualquier patio de colegio que se precie, es “ser de alguien”; el “alguien” es casi secundario.

Contradictio in terminis (XIII)

Enero21/2011

(Ya podían haber buscado otra postura menos inclinada para la portada, con los ojos más abiertos, de apariencia más estable, atenta… sobria)

Ciencia y literatura, literatura y ciencia

Enero20/2011

Una de las cosas curiosas que tiene el que te interese por igual la ciencia y la literatura, es, en particular, cómo vas alternando las lecturas de ambas.

En mi caso, tengo rachas. Ahora mismo estoy con una literaria, pero hasta hace un mes o así no sacaba la cabeza de libros técnicos (la más larga que he tenido de las de tipo científico, por cierto). Suelo estar por lo menos diez libros de una de las dos antes de pasar a la siguiente, aunque también ha habido ocasiones en que los he alternado, con cierta predilección por los de ciencia.

¿Y para qué cuento este rollo? Bueno, primero, porque no desentona mucho con los otros rollos que suelto en esto que parece un blog. Segundo, porque al pasar de una racha de lectura a otra, como se hace por hartazgo (mayormente), uno puede contrastar perfectamente las cosas que le gustan o no de cada tipo de libro.

La literatura, cuando estoy en racha, me proporciona cosas que no tiene ni de lejos la ciencia: color, olor, sentidos en general, la sensación de tener algo vivo entre las manos (o que podría estarlo en algún universo paralelo), belleza.

Cuando empieza la racha científica, es porque la literatura me comienza a resultar vaga, demasiado liviana, carente de respuestas, a veces poco innovadora, diciendo siempre las mismas cosas sin ahondar más de lo que ya ahondaron otros.

Por otra parte, los libros técnicos, cuando estoy en racha, me dan cosas que hacen palidecer a la literatura: profundidad, complejidad, rigurosidad, honestidad, conocimiento.

Cuando voy pasando a la racha literaria, de nuevo, es porque encuentro que la ciencia me empieza a parecer repetitiva, fría, pesada, incapaz de destacar lo verdaderamente importante de los detalles, sobredimensionada demasiadas veces (para lo que al final es capaz de explicar realmente), estresante.

Ninguno de los calificativos que he usado en los párrafos anteriores es exacto: contienen una apreciable cantidad de incertidumbre, vaguedad, y por tanto, podríamos considerar que los he puesto haciendo uso de la literatura. Pero todos son ciertos: son las mejores palabras que reflejan lo que me parecen las cosas que leo, por lo que podríamos considerar que los he elegido haciendo uso de un espíritu científico.

Y es que, en el fondo, literatura y ciencia tienen un nexo común: ambas se apoyan en el arte, que es fruto de la imaginación.

Objetivos realistas de un profesor

Enero19/2011

Un profesor corrigiendo exámenes o trabajos no puede aspirar a ser exacto (que es imposible), pero debe aspirar a ser justo (que ya es bastante difícil).

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