Dinero vs. buen gusto
No estoy seguro de si la riqueza da la felicidad, pero lo que sí tengo claro es que no le da buen gusto a quien no lo tiene.
No estoy seguro de si la riqueza da la felicidad, pero lo que sí tengo claro es que no le da buen gusto a quien no lo tiene.
Fracasar no es equivocarse ni hacer cosas mal; es renunciar a seguir intentándolo.
Tener éxito no es hacer cosas bien; es ser capaz de seguir intentándolo a pesar de las dificultades.
¿La diferencia entre la ficción y la realidad? Que la ficción ha de tener sentido.
Tom Clancy, escritor
P.D.: Gracias a los amiguetes que le resolvieron ayer la duda del juego de la Wii al Sr. Spock que habita en mí
Festivamente, los Miis diferentes son los que miran en todo momento al contrario que los demás, pero eso no es ser diferente, eso es ser despistado, estrábico, o hallarse en las nubes de Valencia. La definición de “diferente” de Nintendo deja mucho que desear…
Saber qué puentes cruzar y cuáles quemar en la vida.
The International, Columbia Pictures (2009)
Hay una tendencia bastante fuerte hoy en día en el mundo laboral (o en el mundo, según se mire) a considerar que cuantas más cosas hace un trabajador, más productivo y eficiente es. De hecho, se suele reconocer cada vez más en los currículos simplemente el haber hecho mucho, olvidándose de la calidad de lo hecho. Contar es más fácil que valorar.
Esto produce, obviamente, estrés y desbordamiento de trabajo al querer hacer más cosas con el fin de tener mejor currículum, cuando hay currículums que ni siquiera son humanamente alcanzables (yo en particular he visto cosas que no creeríais…).
Estoy convencido de que esta tendencia no sólo está aquí para quedarse, sino para terminar destruyendo la Tierra (es una opinión friki, sí
). Así que hay que aceptarla como lo que es: algo inevitable, al menos hasta que se nos ocurra otra y haya una revolución sangrienta que la instaure.
Pero tengo algún apunte más para refinar el tema. Por poner: el que la necesidad curricular de hacer más cosas produzca desbordamiento no significa que eso sea lo único que lo produzca, o en otras palabras, no necesariamente el que hace más cosas está más desbordado de trabajo que el que hace menos. Esto, inmersos en la sociedad laboral en la que estamos, es una frase que no suele entenderse bien.
Pero es cierta. Uno puede estar desbordado de trabajo haciendo pocas cosas simplemente porque quiere hacerlas mejor, o sea, dedicarles más tiempo. Claro, eso no se contempla como opción hoy en día (te da menos currículum, ¿quién va a querer hacer semejante tontería?). Pero sí, hay gentes mu raras que tratan de dedicarle más tiempo a las cosas, quizás porque les pica el gusanillo de hacerlas con el tiempo que merecen, o porque son muy vocacionales. Y esas gentes pueden acabar igual o más desbordadas que las que hacen gran número de tareas. El tiempo de cada día es el mismo para todos, asi que si dos trabajadores están desbordados haciendo distinto número de cosas, es matemáticamente impepinable que el que hace más le dedica menos tiempo a cada una…
Ay, la ingenuidad humana… Que parece mentira que sigamos siendo sólo capaces de extrapolar el futuro linealmente, hombre.
A ver, obviamente no se sabe. Si alguien lo supiera, por poner, yo mismo, el primer robot inteligente de la historia tendría mi nombre y me haría mundialmente famoso ya que no me hago famoso ni escribiendo ni investigando ni dando clases, aunque entonces tendría que pensarme si desearía ser conocido por el invento o por crear un ejército de robots como el Doctor Infierno para aniquilar a la humanidad, dado mi odio acumulado hacia ésta por no dejarme hacerme famoso ni escribiendo ni investigando ni dando clases.
Pero no, no se sabe.
Sí se intuyen algunas razones por las que aún no tenemos ni robots ni computadores ni máquinas verdaderamente inteligentes:
Nada de todo esto es seguro, claro, por eso estamos como estamos. Pero como hoy en día el lenguaje está para que signifique lo que cada cual quiera que signifique, se está usando cada vez más el calificativo de “inteligente” aplicado a máquinas, casi para cualquier cosa: “teléfono inteligente”, “terminal de ordenador inteligente”, “lavadora inteligente”, “secador de pelo inteligente”… Es lo bueno del siglo XXI, que las reglas, por ejemplo las del lenguaje, no es que estén para romperlas (eso supondría tener cierta comprensión de las mismas y querer cambiarlas), sino que nos fastidian y las usamos de kleenex directamente.
Ah, no me gustaría terminar sin poner una intuición (ésta es más personal) sobre qué pasaría si existieran alguna vez máquinas inteligentes: que básicamente se equivocarían casi tanto como nosotros. Realmente, ¿alguien cree que el mundo físico deja opción a tomar decisiones óptimas -deja opción a que sólo haya una decisión que sea la óptima- a alguien?
Anda que no nos queda nada por aprender todavía como homo sapiens para llegar a construir al homo roboticus…
Este pasado domingo venía seleccionada una carta de los lectores en el suplemento XL Semanal. Coincido tanto y en tantas cosas con su primera parte, y me parece tan interesante y bien escrita, que me voy a permitir copiar un poco más abajo esa parte para quien no haya podido leerla.
Pero antes también quiero aprovechar para destacar la torpe reflexión de Carmen Posadas en el mismo suplemento sobre la “piratería” de libros. En su artículo comienza aceptando que los tiempos están cambiando gracias a -o a pesar de, habría que deducir del tono en que está escrito- las nuevas tecnologías, pero no parece que ese primer acierto deductivo le ayude a esta señora a comprender que cuando los tiempos cambian quizás sean los negocios, por propia definición, los que primero hayan de cambiar, en lugar de tratar de cambiar a sus clientes maltratándolos en tantas ocasiones para seguir ganando dinero exactamente de la misma forma que se hacía antes. Mal negociante es quien no es capaz de seguir e incluso adelantarse a los tiempos, ¿no cree? Peor, diría yo, el que no cuida a su clientela.
Paso a cosas más importantes, como la carta que mencionaba antes. Las negritas son mías.
Un fanático es alguien que manifiesta su adhesión a una causa de un modo desmedido y apasionado, cayendo en la exaltación y volviéndose intolerante en grado sumo hacia formas de pensar o de sentir que no coinciden con la propia. Bien por necesidad, por desesperación o por estupidez, el fanático se ve abocado a la fe en algo que, inevitablemente, acaba resultando bastante pernicioso para sí mismo y, con cierta frecuencia, para quienes lo rodean. La historia de nuestro país constituye un triste testimonio de la propensión del carácter español, impetuoso y excitable, a degenerar en fanatismo [...]
Miguel L. Martín Jorge (Málaga)
El texto completo al que corresponde esta cita
puede consultarse íntegramente en la revista
XL Semanal del día 08/11/09
(Nota: La copia de este fragmento está hecha, evidentemente, sin ánimo de lucro, pero cabe la posibilidad de que el autor opine como Carmen Posadas y no vea bien que dé visibilidad a su carta aquí, lo cual, en mi opinión, sólo podría redundar en su beneficio personal en caso de tener este blog más de sus dos visitantes diarios habituales. Si ése es el caso, no tiene más que avisarme por la dirección de correo electrónico que aparece en la sección “acerca de” de este blog y cortaré de raíz inmediatamente tal publicidad gratuita de su texto. De hecho, el único motivo por el que no le he pedido permiso previamente es porque no había forma de contacto personal alguna indicada en la citada revista)
El obvio: cuando te encuentras haciendo cosas del trabajo en fin de semana, festivo, fiesta de guardar u horario no laboral porque no te va a dar tiempo a hacerlas en ningún otro momento.
El tecnológico: cuando llevas meses sin leer periódicos ni ninguna página web o blog en Internet (si no entras en Facebook durante una semana es ya gravísimo).
El regreso a la infancia: cuando te pasas la tarde del domingo diciendo “no quiero, no quiero, no quiero”.
El paralizante: cuando te pones a hacer algo habitual en tu trabajo y tus dedos no se mueven porque a tu cerebro no se le ocurre cómo.
El somnífero: cuando empiezas una frase tras la sobremesa (los días que te la puedes permitir) y la terminas en sueños tumbado en el sofá.
El multiplicador de personalidad: cuando alguien le ha dado al botón del play para ver un capítulo de Héroes, lo que te distrae y no te deja hacer tu trabajo…, y entonces te das cuenta de que el del botón del play has sido tú.
La mirada al abismo: cuando empiezas a imaginar posibles planes B para sustituir a tu trabajo actual.
El recursivo: cuando lo único que se te ocurre para actualizar tu blog es pensar en modos de darse cuenta de que uno está sobrecargado de trabajo.
Amigos y amigas, hoy hablaremos de la formulilla que hay para puntuar lo más justamente posible un examen tipo test. ¿Por qué motivo, os preguntaréis, nos castiga éste con semejante bodrio? Pues principalmente por egoísmo: siempre se me olvida cuando necesito recalcularla, y, como además es una cuestión de probabilidades, hey, qué mejor que dejarla aquí, en este blog probabilístico e incierto (pero escrita en piedra, como el nombre del blog también indica).
De todas formas al final la aderezaré con una reflexión sobre la puntuación de exámenes en general, para que la audiencia menos interesada no se me duerma del todo
Normalmente, los exámenes tipo test de los que tienen sólo una respuesta correcta suelen puntuar lo mismo cada pregunta, aunque éstas tengan diferente dificultad. Se podría discutir mucho sobre este aspecto, y lo mismo lo hago en otra entrada (o en un paper educativo ;P) pero digamos que normalmente, y digo normalmente en sentido probabilístico, el que una pregunta difícil te dé la misma nota que una fácil se puede ver también por el lado bueno: puedes obtener la misma nota, tan deseada, en las preguntas fáciles… Es cuestión de que las dificultades sean simétricas probabilísticamente hablando. Dejémoslo, en fin, en que esto no tiene por qué causar demasiados problemas.
Así que tenemos preguntas en el examen, cada una con
respuestas posibles. Podríamos pensar que puntuando cada pregunta con
puntos si se ha marcado la única respuesta correcta y con 0 puntos si se ha dejado en blanco, está contestada de manera “rara” (borrones, más de una respuesta, etc.), o es incorrecta, el asunto del test estaría ya solucionado y esta entrada no habría sido escrita.
Ah, amigos, esto es lo que hice yo el primer año que puse un examen tipo test, pardillo de mí. Los alumnos honestos, es decir, aquéllos que contestaban las preguntas que pensaban que sabían y no contestaban las que no sabían, obtenían una nota cercana a lo justo. El problema es que si en vez de dejar en blanco las que no sabían, contestaban ésas al azar, no podían sacar menos nota que si las dejaban en blanco, y sin embargo sí podían sacar, simplemente por suerte, más nota de la que merecían. Como diría cierto personaje de La princesa prometida: ¡inconcebible!
El hecho es que si un alumno marca una respuesta al azar en una pregunta de este tipo de test, tiene una probabilidad de de acertar, y
de fallar. Por tanto, la nota que podría esperar obtener en la pregunta (si hiciera el ejercicio muchas veces, es decir, la esperanza matemática), contestando al azar, sería
puntos. Suponiendo que la nota máxima a sacar en el test completo fuera de 10, lo que implica que
, el alumno que contestara alguna pregunta al azar podría esperar obtener una recompensa media de
puntos por pregunta (¡cuando la recompensa por contestar al azar debería ser 0 puntos!). Como máximo, podría obtener
puntos adicionales a los que hubiera obtenido de no contestar las preguntas que no se sabía, lo cual no es un valor despreciable a menos que el número de respuestas posibles para cada pregunta sea grande (de hecho, si
, lo que entra dentro de lo posible, un alumno podría esperar aprobar el examen entero contestando al azar…).
Solucionar este problema no es trivial, sobre todo porque requiere identificar aquellas preguntas que han sido contestadas al azar (lo dejaré también para un paper
). La aproximación que se suele escoger no es totalmente justa, y en cierta medida (cuanto más inseguro está el alumno), perjudica un poco más de la cuenta a quienes fallan no por contestar al azar, sino por no contestar bien. Sin embargo suele ser suficiente para, al menos, disuadir a los alumnos de que contesten al azar lo que no saben bien (y por tanto, debería persuadirlos de estudiar mucho para que no hubiera preguntas en las que les pasara eso, aunque no estoy muy seguro de que ese efecto se consiga…). De hecho, se considera una forma muy común de definir las puntuaciones de los exámenes tipo test.
Esta solución se basa simplemente en no dar un 0 a una pregunta salvo cuando está en blanco o “rara” (cosas fácilmente distinguibles). Cuando está incorrecta no se la puntúa con 0, sino que se le da una puntuación . Para conseguir un sistema de puntuación lo más justo posible, se busca que un alumno que conteste a todo el examen al azar tenga, mediante este mecanismo, una nota esperada de 0 (que es lo realmente justo). Eso es lo mismo que forzar a que la siguiente fórmula se cumpla:
. La solución, despejando N, simplificando, y dado que
, es la siguiente:
Usando esto, tenemos que un examen con respuestas por cada pregunta, en el que cada una supusiera
punto si se responde correctamente, tendría que suponer a su vez
puntos si se respondiera incorrectamente. Si, poniendo otro ejemplo, cada pregunta supone
puntos de responderse correctamente, entonces debería suponer
puntos de responderse incorrectamente.
Hay que tener en cuenta que esto afecta a todos los alumnos: no sólo a los que respondan al azar, sino también a los que lo hagan incorrectamente pensando que lo están haciendo bien: les baja la nota más de lo que se la bajaría el tener un 0 por equivocarse. Normalmente se considera que esto fuerza al alumno a estudiar más y mejor, porque se arriesga más al responder, pero las personas somos muy complicadas, y puede pasar que haya alumnos que se aprendan muy bien y respondan sólo a unas pocas preguntas: las suficientes para aprobar. El resultado de usar esta estrategia no suele ser bueno para esos alumnos, ya que en un examen siempre hay una probabilidad de equivocarse (por nervios, por no entender bien el enunciado, etc.), y terminan sufriendo la temida bajada de nota. Así que la primera conclusión suele considerarse válida: este sistema fuerza al alumno a que el no responder preguntas o el responderlas equivocadas no se dé mucho, es decir, a estudiar más.
En cualquier caso, y por mucho que en la pedagogía moderna este tipo de pruebas se llamen “pruebas objetivas”, no existe ninguna manera completamente objetiva de evaluar a un alumno (ni a un profesor, ni a un investigador, ni a un pintor, ni a un arquitecto, ni, en general, a casi nadie que haga una labor medianamente compleja), así que nos tenemos que conformar con aproximaciones. Algunos piensan, de hecho, que el profesor podría tener una idea mucho más acertada de lo que sabe un alumno que la formulita de evaluación del test, y no les falta razón en muchos casos (con la experiencia vas viendo con bastante claridad qué nota se merece cada alumno, sobre todo si no tienes doscientos)
Esta última forma de evaluación, llamémosla intuitiva, tiene un grave problema: no es explicable ni objetiva. Eso quiere decir que probablemente tengas más ojo para puntuar acertadamente a unos que a otros, simplemente por cómo tienes la cabeza de cargada ese día, y, lo que es más injusto desde mi punto de vista: los alumnos no se enfrentan a algo que comprendan y por tanto puedan prepararse; dicho de otra manera: no conocen bien cuáles son las reglas del juego que deben ganar, porque o bien pueden variar arbitrariamente o bien pueden ser difíciles de explicar, o ambas cosas.
Por tanto, yo, por ahora, me quedo con las puntuaciones inexactas y puede que injustas, pero al menos objetivas y perfectamente explicables (y comprensibles por todos los que se enfrentan a ellas), que con mi intuición a la hora de evaluar, que puede estar muy bien si ese día me pilla con la mente clara, pero que también puede ser bastante más injusta si consideramos a todos los alumnos en su conjunto y a todos mis estados de ánimo y capacidad cognitiva a lo largo del tiempo.
El 20 de Septiembre de 2008 abrí este blog. Quitando que en todo ese tiempo parece haber habido 35 días en que no he escrito nada -no me di cuenta de que fueran tantos-, podemos decir que el blog cumple un año. Bueno, un año y dos días, porque con los festivos se me pasó dar salida a esta entrada antes de ayer…
Este año ha sido muy peculiar: me he cargado con más cosas de las que podía llevar sin saberlo (aunque eso venía de antes), por lo cual he tenido que pagar (y sigo); he aprendido que las gentes somos muy complicadas y contradictorias (y ejemplos de nada y de todo); también cómo quiero hacer lo que quiero hacer y qué es eso que realmente quiero hacer (y qué no), y qué precio tiene y a qué he de renunciar; se me ha caído más pelo, cosa que parecía una imposibilidad en el contexto del conjunto de los números naturales; añoro aquellos tiempos en que podía dedicarme de vez en cuando a hacer lo que me gustaba, pero los espero recuperar de nuevo; y en general he aceptado un puñado de cosas que andaban por ahí chocándose contra el cráneo sin saber muy bien dónde quedarse quietas.
O sea, que ha sido un año muy interesante. Pero como han pasado tantas cosas, en vez de celebrarlo ni nada de lo que se suele hacer en estos casos, lo que voy a hacer es presentarme, ya que soy una persona distinta de la que abrió el blog:
Hay más cosas que ahora no recuerdo (ah, sí: que sigo teniendo memoria de pez).
En fin. El caso es que mi yo de ahora ha decidido que, salvo apagón o desconsuelo, por aquí seguiremos poniendo chorradas un tiempo más. Esta decisión tendrá una validez de exactamente lo que tarde en cambiarla.