Lithographica

Un cuaderno más de Juan Antonio Fernández Madrigal

De los que destacan

Diciembre31/2008

Entre las personas que destacan en la vida, podemos distinguir dos clases: los que enfocan y los que desenfocan.

Las personas que enfocan son muy buenas, o destacan, en una sóla cosa. Por ejemplo, tenemos a deportistas muy buenos de una disciplina determinada, o a músicos muy buenos de un estilo determinado, o a científicos muy buenos en una línea de investigación determinada. Los que enfocan son normalmente muy populares, puesto que es muy fácil conocerlos (sólo hay que mirar a un sitio), y como las redes sociales suelen ser libres de escala (de lo cual tengo pendiente un post), una vez destacan no tienen más que seguir siendo visibles para que su popularidad aumente. De hecho, si quieres ser popular o destacar por algo, mejor que seas de los que enfocan.

Las personas destacadas que desenfocan, por el contrario, son mejores que la media en más de una cosa, normalmente en muchas. Seguramente no lleguen a tener tan buenos resultados como los que enfocan en cualquiera de las líneas que emprendan, pero los suelen tener bastante mejores que la mayoría de la gente, así que uno podría distinguirlos si se pusiera a ello. Son personas que suelen tener una vida más rica, también más sensata (por la diversidad que integran y que deben hacer coherente) que los que enfocan.

Las personas que enfocan pueden admirar a las que desenfocan, porque los que enfocan, en la mayoría de los casos, no suelen ser tan buenos más que en lo suyo.

Las personas que desenfocan pueden admirar a las que enfocan, porque los que desenfocan no suelen ser populares (para conocer a uno tienes que fijarte en muchos campos), y a su capacidad para estar tanto tiempo dedicados a la misma cosa.

Es curioso fijarse en la Web, en la literatura, en la tele… en cualquier ámbito en el que la popularidad de las personas es un parámetro esencial, y ver cómo los que consiguen esa popularidad son en la inmensa mayoría de los casos gente que enfoca. ¿Quieres ser popular? Quizás enfocándote en algún asunto concreto lo consigas. Por supuesto tendrás que ser bueno en ello. Tendrás que conseguir escribir libros de un tipo concreto que gusten a la gente, o tendrás que dedicar tu vida a resolver un problema científico que sea fundamental para una comunidad entera, o tendrás que ser capaz de aparecer en todas las televisiones diciendo el mismo tipo de chorradas (que llamen la atención); pero cuidado: no todo el mundo vale, aunque algunas de estas cosas parezcan fáciles.

No tiene por qué ser cierto que haya más gente enfocada que desenfocada. Hay que tener en cuenta que los segundos son más difíciles de ver…

De la entropía al mito

Diciembre30/2008

Hay varios paradigmas del dualismo explorados ya hasta lo verdaderamente cansino, especialmente en la literatura fantástica y épica, en la mitología y en la política: el del bien contra el mal es el más conocido, pero también están el de la luz contra la oscuridad, el del orden contra el caos, el de la derecha contra la izquierda (si eso significa ya algo), el del progresismo contra el liberalismo (si eso significa ya algo), y otros más tangenciales.

Ninguno tiene verdadera sustancia, mucho menos en un mundo tan complejo como el real, pero estas interpretaciones tan simples siempre despiertan en nosotros un interés especial, quizás por nuestra memoria genética… En cualquier caso, hay uno que a mí me parece el más cercano a una verdad, si existiera tal cosa.

Lo digo por la entropía, precisamente una medida matemática del caos (en el sentido de desorden) y que está en la raíz de toda la física moderna. Todos sabemos que la física predice (o teoriza) que la entropía siempre crece en el universo.

Que el desorden siempre crezca, globalmente, despierta el mismo tipo de interés en nosotros que los antiguos dioses del dualismo: puede asimilarse a un principio o dios poderosísimo de cuyo poder nadie puede escapar, que alcanza instantáneamente todos los rincones del universo, y que no puede hacerse desaparecer.

El dios opuesto a éste, el orden, es miope: sólo es capaz de existir en entornos diminutos respecto al tamaño total del universo. Esto es porque el caos permite en su seno porciones de realidad en las que el orden crezca, en las que el desorden pierda poder, siempre que sea a costa de ganarlo en otro lugar. De esa manera, el mapa del desorden total del universo sería irregular, y aunque el poder global del dios entropía sea inimaginable e inigualable, el poder local del dios orden siempre tendría una oportunidad de crecer.

En el mundo que conocemos todo ser vivo es un avatar del dios orden: para mantenernos con vida expulsamos entropía de nuestras entrañas, aumentando así la del exterior que nos rodea. El orden absorbido puede ser modelado y encauzado a través del tiempo para desenvolvernos. Cualquier ser vivo, por minúsculo que sea, hace esto continuamente.

Pero hay unos seres vivos especiales, que se llamaron a sí mismos humanos, que en algún momento no se conformaron con moldear el orden sobre sí mismos y aprendieron a canalizarlo hacia fuera de manera masiva. De esa forma no sólo supieron sobrevivir, sino que también crearon lugares de orden que no eran ellos mismos, y que por lo común pasaban a obedecerles o dependían de su auxilio para mantenerse en pie. Los seres humanos adquirieron poderes maravillosos: podían poner nombres a las cosas que creaban, y hacer que les obedecieran; incluso le pusieron nombre al dios entropía y pensaban una y otra vez en robarle aún más poder.

Sin embargo, en todas las épocas y lugares hay seres humanos que no aprenden correctamente que todo su poder viene del esfuerzo y del sacrificio, al igual que los animales sobreviven con esfuerzo y sacrificio (aunque la vida humana sea mucho más luminosa cuando lo aprenden), y que vencer a la entropía constantemente requiere luchar constantemente contra el dios enemigo. Los seres humanos que no entienden esto se cansan, y dejan de luchar. Algunos incluso comienzan a emplear sus energías en distribuir uniformemente la entropía a su alrededor, es decir, se ponen del lado del dios que deberían combatir por ser lo que son.

Estos seres humanos perdidos encuentran que destruir es siempre infinitamente más fácil que construir (puesto que el poder del dios entropía es inmenso), y una vez que entran en el camino oscuro es difícil que salgan, porque el lado oscuro es poderoso y fácil, y por tanto atractivo e irresistible cuando se contempla durante demasiado tiempo.

Lo que no se paran a pensar es que cuando pierdan suficiente vida dotando de entropía a su entorno, destruyendo lo que otros forman, llegará un momento en que el dios entropía comenzará a comerles por dentro, porque es un dios insaciable, y entonces comenzarán a morir, y no por haberse buscado tan poderoso aliado conseguirán escapar de la destrucción de sí mismos, como tampoco pueden hacerlo sus hermanos del lado de la luz.

Porque el comienzo y el fin es el mismo para todos. Sólo el camino recorrido puede suponer alguna diferencia.

Lamentablemente para los aliados del orden, el significado que pueda tener el camino no es apreciado por demasiada gente.

Viaje

Diciembre22/2008

Comienza un viaje relámpago. Nada mejor que suspirar por que Irrealidad salga a la luz, aunque sea ya tan suavemente…

A veces nos acordamos de lo que éramos antes del neolítico y nos armamos de valor, suspiramos, y decidimos recoger algunos objetos y dejar nuestras casas para marchar a otro lugar. Quizás sólo por un tiempo, o quizás no nos atrevamos a soportar la carga de ningún límite: marchamos entonces para dejar crecer nuevas raíces en nueva tierra donde hallar otros nutrientes. En cualquier caso nos despedimos de nuestro hogar, respiramos hondo, subimos al vagón y nos disponemos a atravesar apaciblemente una frontera de espera, una zona de tensa calma como todas las que separan las intensidades de la vida.

Lo que la mayoría de la gente no sabe es que estas fronteras están tan cercanas a Irrealidad que es difícil no sucumbir de una forma u otra a las distorsiones del mundo. Ya se ha escrito en este cuaderno sobre uno de los efectos más extremos. Esta vez mantendremos la calma.

Muchas personas son levemente conscientes de que cuando viajan, efectivamente, están recorriendo una frontera quebradiza e inestable. Es por ello que se remueven en sus asientos, o hablan más alto, o adquieren espontáneamente una súbita familiaridad con otros viajeros (algo impensable en otra circunstancia); andan de un lado a otro sin encontrar destino a sus desplazamientos, puesto que tienen la certeza de que el único existente está al final del trayecto.

Los verdaderamente sensibles a la cercanía de Irrealidad, sin embargo, se quedan quietos mirando por la ventana, ese umbral que creen de una sóla dirección. Observan el paisaje discurrir hacia atrás mientras imaginan (así se tranquilizan porque sería terrible que tal cosa fuera cierta) que el tren permanece quieto. Se maravillan pues, divertidos, de los ocultos engranajes telúricos que pueden desplazar la epidermis del mundo a tal velocidad. Incluso en las paradas, cuando ese exterior de atrezo se detiene, aún pueden sentirlo moviéndose: los andenes arrastrándose hacia atrás, todo lo que hay fuera deslizándose hacia el origen. Debe ser así, sin duda, puesto que aún no han llegado a destino alguno y sólo los orígenes y los destinos están perfectamente quietos.

Estas personas sienten una especial atracción por ciertas porciones de mundo inalcanzables: los Exteriores Perdidos, parcelas de realidad aisladas del resto. Cuando atraviesan los páramos o los campos inmensos dirigen la vista hacia los pequeños reductos que quedan entre colinas, árboles o caminos, rincones sólo adornados con arbustos, peñascos olvidados durante siglos, y tierras secas o con pequeños charcos que quizás nadie nunca ha pisado. También casas abandonadas en mitad de cultivos infinitos, ya sin sendas que las conecten con nada más. O rocas erguidas orgullosamente en la planicie como túmulos olvidados.

Al vislumbrar los Exteriores Perdidos sienten algo parecido a un escalofrío; mucho más intenso si es de noche y esos limitados mundos separados de todo lo demás e inaccesibles salvo para observadores como ellos quedan iluminados fugazmente por la luz que sus habitáculos proyectan hacia fuera. Quizás distingan algún movimiento furtivo y oscuro entre los matojos. ¿Animales que están también de paso y han encontrado fortuitamente ese micromundo, o quizás habitantes del mismo, que no conocen nada más que ese rincón, esa Gondolin secreta donde viven sus minúsculas vidas felices y autosuficientes en su ignorancia?

Muy, muy raramente, las personas que son sensibles a los Exteriores Perdidos se convencen definitivamente no sólo de que el mundo de fuera se mueve y ellos están quietos, sino de que en realidad ellos no están haciendo ningún trayecto, ni siquiera espiritual, puesto que muy cerca de sus cuerpos se han llevado un trozo de hogar que les protege de los mundos fríos e inaccesibles: la luz, la calidez del aire, algunas voces desconocidas que tratan temporalmente como amigas, su asiento, sus pertenencias. Se dan cuenta así de que son tan celosos de esos fragmentos de posesión que no estarían dispuestas a cederlos, y de que viajen donde viajen siempre van a acarrear una burbuja protectora, su propia Gondolin. Porque la necesitan. Porque nadie es capaz de arrancar todas y cada una de sus raíces. Porque el que se ve obligado a ello muere como persona ante el deshaucio más absoluto.

Quien se hace plenamente consciente de todo esto comprende realmente el significado de la vulnerabilidad, y puede escuchar a partir de entonces, si se esfuerza, el batir de algunas Puertas de Irrealidad más cerca de lo que había imaginado. Entonces tiembla.

El Experimento Phauna, Juan Antonio Fernández Madrigal (2006)

No hay verdad, pero tampoco tenemos ganas de construirla

Diciembre20/2008

Cada vez me asombra más que aún queden personas que crean realmente que existen verdades absolutas. Debe, de hecho, ser muy difícil vivir para alguien que crea en eso y vea un día sí y otro también cómo, ante hechos que aparecen evidentes y claros, cada cual se cree su propia verdad, a menudo contradictoria con la de los demás, usando aquellas porciones de los hechos que le interesa e interpretándolos como le interesa. Debe ser difícil, para los que piensan en que aún existen verdades absolutas, creer en ningún político (ese efecto lo considero bueno), pero también en prácticamente cualquier dirigente o perteneciente a alguna organización humana de más de un miembro.

Yo hace mucho tiempo que dejé de creer en verdades absolutas. Seguramente dejaron de existir cuando los grupos humanos salieron del estadio de tribu y comenzaron a ver mundo. No significa esto que haya caído en el relativismo, que me parece igualmente simplón e incluso más peligroso, sino más bien en el subjetivismo: cada uno tiene su verdad, que puede ser distinta de todas las demás, y en base a ella todo debe clarificarse y hacerse coherente, al menos en ese mundo local.

No encuentro a priori problemas graves en esta forma de pensar.

Salvo cuando la verdad de cada uno está mal construida, como he dicho antes en base a verdades parciales, tergiversaciones, interpretaciones sin datos suficientes, etc. Entonces, la verdad pierde sentido incluso en el ámbito local de cada uno, y es equivalente a la mentira, y en ese momento quizás incluso sea más deseable pasarse a creer en alguna verdad absoluta que seguir así. Porque todo deja de tener fundamento, y de nuevo aparece el relativismo. Si las verdades de cada uno no están coherentemente fundamentadas se hace imposible comunicarlas, ni enriquecerse con las de otro, ni construir sobre ellas verdades más complejas. Se convierte uno en un pelele siguiendo consignas vacías emitidas por cualquiera, vaivenes a corto plazo que cambian radicalmente de sentido poco después, estados de ánimo pasajeros. Se encuentra perdido por falta de referencias fiables. Deja de ser uno una pesona (o al menos una entidad inteligente) para pasar a ser poco más que un animal sofisticado, y en el fondo muy asustado.

No sé si es una impresión mía, pero cada vez veo más personas que construyen su vida de esa manera. Quizás es por el evidente declive de la educación básica (imprescindible para establecer los pilares intelectuales necesarios), por el de nuestra sociedad (más superficial y estúpida a cada día que pasa, menos exigente con la madurez de sus miembros), por el de nuestros dirigentes (calificarlos de simples sería benévolo)… Pero en cualquier caso cuando me paro a pensar que eso puede ser una tendencia creciente me dan verdaderos escalofríos.

Porque un mundo lleno de personas tan tontas/orgullosas (la imbecilidad y el orgullo van de la mano) que lo único que les interesa es salvaguardar al precio que sea sus verdades vacías y endebles aunque estén construidas sobre falacias, en lugar de destruir esas falacias para construir verdades subjetivas pero sólidas, es un mundo que no lleva ninguna dirección, un mundo lleno de gente fácilmente manipulable, un mundo lleno de miedo y caos dañino. No es muy diferente la sociedad humana en un mundo así de un rebaño de ovejas buscando con ansia la siguiente zona de pasto que pueda haber dos metros más allá de la que han agotado o asustándose de la caída de un rayo, sin encontrar respuestas inteligibles ni a la escasez de comida ni a la furia del cielo.

Un mundo así tiene un sólo destino: disolverse, con más o menos dolor. No puede construirse y evolucionar, porque para eso hacen falta cimientos, dirección, planes y sobre todo la argamasa del sentido común, que es la primera que desaparece cuando llega el relativismo.

Dado lo que nos separa…

Diciembre19/2008

… lo raro es que hayamos sobrevivido tantos miles de años como especie.

Quizás es porque en el fondo necesitamos a los demás: si los extermináramos no tendríamos a quién odiar.

Hay tantas formas de manipular a un ser humano…

Diciembre17/2008

…como puertas hayas abierto en este ser humano a base de confianza.

Pero lo que a todos los manipuladores acaba por olvidárseles es que no se puede manipular incensantemente. A largo plazo se suele perder lo ganado por manipular a la gente.

A veces se pierde incluso mucho más que lo ganado.

La semana de antes

Diciembre16/2008

¿Por qué nunca me acuerdo de que la semana de antes de unas vacaciones siempre es la peor de trabajo? Con la ilusión que se coge y la decepción que te llevas…

Los personajes lo son todo

Diciembre15/2008

Ayer no me quedé del todo a gusto con la entrada sobre el final de Carnivàle. Dejarlo en una “pérdida de interés” respecto a la primera temporada era demasiado ambiguo, pero en ese momento no veía muy claro qué tenía ésta segunda que no conseguía el mismo nivel.

Ahora ya lo he visto.

Lo que le pasa a la segunda temporada, especialmente a los últimos episodios, es lo mismo que le pasa a muchas novelas que no consiguen alcanzar el nivel que una buena e interesante historia promete: que llega un momento en que los personajes se convierten en actores que siguen un guión que les preocupa más que ser ellos mismos, cuando en realidad debería suceder exactamente al contrario: los actores deberían interpretar el guión para llegar a ser más y más sus propios personajes.

Carnivàle, en su primera temporada, es fundamentalmente una historia de personajes: todos complejos, con sus oscuridades y claridades, pero cada uno con una mezcla particular y diferente de ellas. Todos con secretos y todos con formas de reaccionar propias. Sin embargo, en los últimos episodios de la segunda temporada, y seguramente debido a la necesidad de terminar la historia antes de la cuenta, el guión, la secuencia de hitos que los personajes debían alcanzar para poder enhebrar el final de la historia en pocos capítulos, cobró tanta importancia (apartarse de él significaba perder el hilo de los acontecimientos) que los personajes comenzaron a seguir a ciegas lo que les indicaban sin pensar que era más importante, que siempre, en cualquier historia, es más importante, ser ellos mismos que  cumplir esos hitos.

Hay varios momentos claros en los últimos capítulos en los que esto pasa (>>>SPOILER<<<): cuando Sansom deja a los del circo entrar en el carro del patrón (lo que hace que el personaje haga uso de su sentido común, propio de él, y de los posibles conocimientos que puede tener pero que los demás no tienen) pero luego al no ver a nadie dentro les pide que confíen en él de manera bastante desesperada y patética (lo que no tiene nada que ver con cómo es el personaje); o cuando todos están cabreados por lo del patrón (natural en todos esos personajes) pero cuando Jonesy les enseña su curación de repente todos se arrepienten y apoyan a un chaval por el que ninguno se ha preocupado nunca (ni los milagros deberían afectar tanto a esos personajes llenos de miserias ni alguien por el que no mostraron nunca interés debería provocarles ese efecto: más bien deberían seguir pensando en un engaño); o como cuando, casi al final, Sofie mata de improviso a Jonesy simplemente porque hay que mostrar que es la hija del diablo, siendo que su personaje ha estado toda la serie siéndolo sin mostrar tal comportamiento y además su personaje no tenía ninguna motivación especial para matarle.

En fin, el error de que el escritor considere de repente más importante que sus personajes pasen por una serie de hitos que el que sean ellos mismos, el no poder conciliar ambas cosas, es quizás lo que hace perder más sustancia a una historia. A veces es difícil de evitar (por ejemplo en esta serie, por falta de presupuesto), pero si hace falta dejar a un personaje que siga su vida y ver cómo él mismo retoma la historia siendo coherente con lo que es, es necesario hacerlo. De lo contrario ya no tenemos una historia de ficción, sino una narración de acontecimientos, que es distinto.

Y si no se puede lograr que los personajes sean personajes porque entonces la historia queda descompensada, entonces mejor dejar de lado esa historia.

Bipolaridad

Diciembre11/2008

Suelo tener dos tipos de gustos leyendo: libros de narrativa (normalmente fantástica, pero no siempre), y libros de divulgación o técnicos. Es curioso, porque me voy cansando alternativamente de cada tipo: empiezo una temporada de los primeros y llega un momento que tengo que cambiar a los segundos.

En general me enganchan más los técnicos, y casi nunca tengo pereza para ponerme con ellos, pero más tarde o más temprano vuelvo a los de narrativa.

Lo mismo es que en el fondo tengo más ramalazo científico que artista: aunque ambos aspectos necesitan creatividad, y la ciencia tiene más de lo que parece de arte, la creatividad necesaria es muy distinta, y no sale al mismo tiempo: o estás con una o estás con otra.

Todo esto demuestra lo compleja que es la psique humana, pero aún así hay gente que piensa que los robots que salen bailando por la tele o que parecen personas (más quisieran) nos van a dominar en poco tiempo superándonos sin remedio en inteligencia, habilidades, etc… Si supieran que esos amasijos de tuercas y cables no sólo no conocen qué es la creatividad, sino que todavía tienen problemas para no chocar y caerse, al contrario que cualquier ameba…

Éticas

Diciembre4/2008

Decía Max Weber en su recopilación de conferencias “El Político y el Científico” que hay dos tipos de éticas principales: la basada en convicciones y la basada en consecuencias. La primera es la de quienes hacen las cosas por creencias. La segunda, la de quienes las hacen teniendo en cuenta las consecuencias de sus actos. Los primeros siempre llevan razón: cuando se equivocan o no les va bien lo achacan a los demás, puesto que sus creencias permanecen ahí y desde luego no se puede demostrar que estén equivocadas (tampoco que sean ciertas). Los segundos deben aprender a cargar con sus errores, porque son plenamente conscientes de lo que causan sus acciones, y saben que se equivocan, porque todo ser humano se equivoca, y aprenden de ello. Los primeros escogen el camino fácil. Los segundos el difícil.

Es obvio qué tipo de ética es la más deseable para una persona, por ser persona y no una oveja que sigue al perro pastor. Es también obvio, lamentablemente, cuál es la de más predicamento hoy en día.

Saco esto a colación porque una vez más me he despertado sorprendiéndome (no sé por qué no me acostumbro) de lo fácil que es olvidarse de la trayectoria y actos de los demás, que alguna vez nos beneficiaron, de desechar la memoria para culparlos alegremente de las consecuencias de nuestros propios actos en el presente, y lo difícil que es, al mismo tiempo, que nos demos cuenta de que estamos buscando esa culpa en todos lados menos donde deberíamos mirar primero: en nosotros mismos.

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