Lithographica

Un cuaderno más de Juan Antonio Fernández Madrigal

Ocaso de un blog

Septiembre26/2011

Ya he dejado constancia en repetidas ocasiones de que suelo plantearme la cosa de seguir o no con este blog cada vez que vuelvo a retomarlo tras un descanso, y de que nunca termino de tener claro qué hacer (por lo cual, he seguido).

Pues finalmente ha llegado la hora.

No es que haya pasado nada especial, de hecho re-entré con bastante fuerza hace un par de semanas pensando en ese momento que aquí había cuerda para rato; ha sido más bien una conclusión a la que he llegado suavemente estos días, seguramente después de que varias ideas que andaban dando vueltas por ahí cristalizaran entre sí. Por eso titulo esta entrada ocaso.

La decisión final es debida a todo lo que sigue:

  1. Agotamiento temático bloguero. Creo que he tratado por aquí prácticamente todos los temas que alguna vez me llamó la atención tratar en un blog. Hay pocas cosas que me molesten más que repetirme o ser pesado, y como no siempre me doy cuenta, cuando me la doy prefiero dejar de hacerlo ;)
  2. Falta de tiempo. Escribir bien una entrada, independientemente de su longitud, es asunto de horas (ésta en particular, después de dos, es aún bastante mejorable). Desde hace un par de años a esta parte estoy intentando dedicarle el tiempo necesario a aquellas cosas que pueda dedicar el tiempo necesario, o sea, a las aficiones. Es mi particular cruzada contra el hecho de que el mundo que me rodea se empeña en que hay que aparentar que se hace mucho, a pesar de que, dado lo que cuesta hacer cada cosa bien, está claro que hacer tanto es hacer mucha mierda (no os fiéis de curricula llenos de resultados muy reconocidos oficial o popularmente).
  3. Inutilidad de la pataleta. Algunas entradas, para qué nos vamos a engañar, eran válvulas de escape para situaciones que cada vez tengo más claro que no sólo no tienen solución, sino que van a peor. No es que yo pretendiera ser la voz cantante de nada, pero sí tenía la levísima esperanza de que fuera un granito de arena más unido a otros muchos, normalmente más fiables que yo, que repetían más o menos esas mismas cosas; un pequeñísimo pero mínimamente útil empujón a la clarificación de ideas tontas y/o falsas prefabricadas en el inconsciente colectivo. La conclusión después de tratar muchos temas de este tipo es que quien quiere estar convencido de algo no va a dejar de estarlo al razonarle que está equivocado, por mucho que tú y otros lo expliquéis desde una perspectiva novedosa o aportéis datos que no conozca (ya podéis ser los únicos que los conozcan). Esto es así especialmente en este país que se va a la mierda de cabeza. Es uno de los muchos motivos por los que se va a la mierda de cabeza.
  4. Necesidad de estar libre. No concibo un blog en el que sólo escriba cada ene meses una entrada. Por otra parte, escribir más a menudo se me convierte fácilmente en una obligación, seguramente porque me empeño en que quede bien sin tener siempre las mismas ganas o energías para ello. Han sido 3 años casi exactos y 816 entradas publicadas (más unas cuantas que se quedaron en borrador), lo que hace más o menos 3/4 de entrada por día. Si compensamos las que eran meras idas rápidas de olla con todos los días que ha habido de descanso bloguero, tenemos un total neto de muuuchas horas dedicadas a esta afición. El tiempo que consiga tener ahora por liberarme del blog lo dedicaré a disfrutar de, exactamente, lo que me dé la real gana en cada momento particular, que es algo que también me hace bastante falta últimamente.

En resumen, que el blog ya ha cumplido más que de sobra su misión, aunque cuando lo abrí no tuviera ni pajolera idea de cuál era.

Y eso es todo. Encantado de haberos tenido por aquí, agradecido por el interés, y deseando retirarme a leer más, aprender más y hablar menos de casi todo (por el momento, que ya se me empieza a ir la imaginación hacia nuevas formas de soltar mis tonterías en el futuro ;) )

Sólo cambian las formas

Septiembre21/2011

Felipe IV viajó al hondo sur en 1624. En lo más negro de la decadencia hispana, al rey le dio por visitar Andalucía, y avisó al duque de Medina Sidonia que iría a cazar a sus estados del coto de Doñana. En aquel momento, el duque no estaba para fiestas, que andaba corto de numerario y los dolores de gota lo tenían baldado, pero echó la casa andaluzamente por la ventana para recibir al rey y a la corte con la prodigalidad y munificencia que cabía esperar en un Medina Sidonia: arregló caminos, demolió casas ruinosas, adecentó estancias y proveyó todo lo necesario para que no faltara de nada al ejército de gorrones que se le venía encima. Durante medio mes, hospedó a mesa y mantel a cerca de dieciséis mil cortesanos. Las cifras de la cocina son pavorosas: para satisfacer el desaforado apetito de los visitantes no basta allegar toda la pesca de once leguas de costa y toda la caza de veinte leguas de coto. Además, devoraron dos mil barriles de pescado de Sanlúcar, trescientos jamones de Rute, de Aracena y de Vizcaya; mil barriles de aceitunas, la leche de seiscientas cabras, ochenta botas de vino añejo y gran cantidad de vino de Lucena. Cincuenta mulas no daban abasto arrimando nieve de la sierra de Ronda para los refrescos y la conservación de las viandas.

El andrajoso y hambriento pueblo de los alrededores acudió en masa al cebadero, a ver si caía algo, y aunque el duque había pregonado pena de azotes al que se acercara a las cocinas, al final eran tantos que no hubo más remedio que alimentarlos. De todas formas, luego, lo purgarían en impuestos, pues el duque los tuvo que subir para resarcirse de las pérdidas.

Las jornadas cinegéticas fueron muy provechosas. El rey, intrépido cazador, apuñaló a un jabalí cautivo mientras el animal era sujetado entre varios monteros, y abatió tres toros en un corral, disparando con su arcabuz desde el parapeto del burladero.

Historia de España contada para escépticos (Juan Eslava Galán, 2002)

Válvulas de escape

Septiembre19/2011

Aquel día aprendí algo fundamental: uno sólo puede sentir autocompasión cuando las penas son soportables. [...] la única forma de soportar lo insoportable es reírse de ello.

Persépolis (Marjane Satrapi, 2004)

Los detalles que esconde la fama

Septiembre14/2011

—Deberíamos asociarnos —decía Yeste—. En Madrid. En el cartel, mi nombre precedería al tuyo, claro, pero iríamos siempre a partes iguales.
—No.
—Está bien. Pondremos tu nombre delante del mío. Eres el espadero más grande del mundo, mereces ocupar el primer puesto.
—Que tengas buen viaje.
—¿Por qué no?
—Yeste, amigo mío. porque eres muy famoso y muy rico, y está bien que sea así, pues fabricas unas armas maravillosas. Pero también has de fabricarlas para cualquier tonto que se te presente. Yo soy pobre, y en todo el mundo los únicos que me conocéis sois tú e Íñigo, pero no tengo que aguantar a los tontos.

Diálogo entre el mejor espadero del mundo (el padre de Íñigo Montoya) y el espadero Yeste, que es el más conocido, tomado de La Princesa Prometida (William Goldman, 1973)

La vidorra padre (a.k.a. El espíritu de la rabadilla)

Septiembre7/2011

Dado que la Sra. A. ha mostrado a la opinión pública hace unos días la punta del iceberg de un secreto que yo creía que me iba a permitir dominar el mundo, ya no tiene sentido guardarlo más. Sí, lo diré tan alto y claro como puedo hacerlo en un blog tan modesto como éste. Hasta lo pondré en negrita: los profesores universitarios sólo damos 8 horas de clase semanales. Ahí queda eso, pedazo de pringados de profes de enseñanzas medias.

Sí, siéntanse ustedes como verdaderos idiotas al ver las pocas horas que trabajamos comparados con cualquier hijo de vecino. Siéntase idiota especialmente usted, españolito que no es privilegiado funcionario ni empleado público (ni controlador aéreo ni empleado del Metro de Madrid ni… la lista de privilegiados se irá alargando con el tiempo, ya verá), y que, como todo el mundo sabe, por el simple hecho de no serlo, nunca jamás se pilla un día de vacaciones en viernes o pegadito a un puente, ni abre el facebook en el trabajo un sólo minuto (o pone la radio, o cualquier otra labor procrastinadora que pueda imaginar, incluyendo estirar las piernas), ni hace como que le cuesta mucho tiempo terminar las cosas cuando le cuesta la mitad (para que no le carguen con más trabajo de la cuenta), ni les dice nunca a los clientes que las tareas que le encargan tienen más dificultad de la que tienen (para su conveniencia), ni pasa un día de asueto en que no se empape bien de los últimos documentos sobre tendencias en su materia, para rendir más y mejor al siguiente lunes. Los curritos españoles, y los españoles en general exceptuando a los privilegiados asquerosos de turno, es lo que tienen, que están a un paso de la santificación. Yo mismo lo comprobé trabajando en la empresa privada un tiempo: tanto me agobié de la cantidad de perfectos trabajadores que me rodeaban y de la fina aureola que se estaba formando detrás de mi cabeza que me escapé por piernas.

Pues bien, ahora que se sabe el secreto que los repugnantes profesores de universidad funcionarios guardábamos con nocturnidad y alevosía para ser los únicos en aprovecharnos, no tiene sentido seguir con la farsa. Así que aireemos todos los detalles.

Verán. En este trabajo no sólo se echan 8 horas a la semana, sino que, además, en cuanto toma uno posesión de la plaza, siente un cosquilleo en la rabadilla que le indica que el apretón de manos del delegado o delegada del vicerrector o vicerrectora le acaba de transferir la fantástica habilidad de presentarse delante de noventa alumnos (ríanse de las clases de 12 de las enseñanzas medias) tan ricamente, encima de una tarima y con 90*2=180 ojos (creo, que yo eso de las cuentas no lo uso mucho porque nunca he tenido que estudiar) mirándole sólo a uno, una situación que cualquiera, por supuesto, llevaría con la más calmada de las pachorras. Y con tal relajación, sin haber abierto un libro en la vida ni haber pensado en la materia más de dos segundos anteriormente, puede uno empezar a largar sin parar durante dos horas de forma que parezca enteramente que sabe. Además, cuando te preguntan, es abrir la boca y, cual posesión espiritusantera, salir automáticamente las respuestas, bien enhebradas y justificadas, no importa la dificultad de las preguntas ni que las probabilidades de que duden sobre algo que creías que era axiomático sean altísimas.

Y esto no es nada (los de Heroes no tienen nada que hacer a nuestro lado). Cuando llegan los períodos de exámenes, que para nosotros son de vacaciones puesto que se suelen cortar las clases, uno sólo tiene que plantarse en el aula asignada a la hora correspondiente y se encuentra allí no sólo los paquetes de folios en blanco, sino todas las copias de un examen completo que se ha materializado en el lugar, con sus preguntas y puntuaciones y todo. Algunos dicen que hay una habitación llena de infinitos monos frenéticos en algún lugar de cada escuela o facultad, cada uno con una máquina de escribir o mejor aún un Mac, y que así siempre existe la posibilidad de que generen un examen distinto para cada cual. Pero la mayoría no hacemos caso de esa tontería porque pensar mucho e imaginativamente no es lo nuestro.

(La verdad sea dicha: puede que los mismos monos sean los que corrijan, porque al tiempo de hacer el examen nos llega a casa, para que no nos tengamos que molestar en ir al despacho, un paquete por mensajería con las notas puestas, sin remite.)

Qué decir de los proyectos fin de carrera y fin de máster. Yo ahora mismo llevo algo más de 20 (de verdad, pongo aquí arriba una captura de pantalla para que me crean), porque para llevar un proyecto uno sólo tiene que dejar que un alumno se lo pida. A partir de ahí consiste en esperar, porque en unos meses llega el alumno con algo terminado que resulta ser presentable ante un tribunal, con su memoria bien estructuradita y todas las transparencias de la presentación pensadas hasta el último detalle. Tú no sabes ni de qué va, para qué te vas a molestar, y le mandas que se vaya a defenderlo y que no te moleste más.

¡Y las tesis doctorales! La mía me la encontré ya encuadernada en la mesita de noche. Mi santa me dice que fue un regalo de cumpleaños, pero es porque se aprovecha de mi mala memoria para hacerme creer que ese año se acordó de comprarme algo. Yo sé que en realidad es un señor encorbatado del ministerio (ése sí que trabaja, como la Sra. A.) el que se encarga de redactar todas las tesis doctorales del país y enviarlas por paloma mensajera al domicilio de los interfectos. En los cuatro años que me dieron para hacerla me dediqué a cultivar una mata de albahaca en la ventana, un desafío al que le tenía verdaderas ganas, porque no quería llegar desfondado a los 40. También me fui tres meses a USA, pero me los pasé enteramente en plan Erasmus. Vamos, el profesor que me acogió por lástima dejó la dirección de su departamento y la investigación poco después, porque mira, era día sí día no unas risas mientras nos íbamos a tomar café al mall más cercano, un mira qué pringao el indio nuevo que está aprendiendo la chorrada ésa del Latex antes de empezar a escribir, un como el Dijkstra me diga otra tontería le suelto a bocajarro que un chaval de primero de grado ha descubierto que P=NP, un ji jí, un ja já, vamos, que el buen hombre lleva años casi retirado, viviendo la vida como nosotros sabemos, gracias a mis enseñanzas.

Dirigir tesis doctorales es todavía mejor: llega un alumno, te dice que quiere hacerla contigo, te aguantas la risa floja, le dices que vale, y cuatro años después tienes el correspondiente tocho delante, y, si te descuidas, hasta un puñado bien grande de profesores extranjeros que no conocías de nada pidiéndote venir como tribunal de la misma para que se lleve el doctorado europeo el doctorando. Fíjense que cualquier currito español o, en general, cualquiera que no sea un asqueroso profesor funcionario de universidad (pueden imaginar, para ilustrar mejor la cosa, al director del Banco Santander, por elegir a alguien completamente al azar), se codearía con esta élite extranjera con poco esfuerzo y de tú a tú, hablando de cualquier tema del que los susodichos extranjeros sean primeras figuras mundiales sin problema alguno y con perfecto acento de Oxford. Pues que sepan que nosotros coleccionamos amiguitos de primer nivel como ésos con menos esfuerzo que el que dedica Belén Esteban a prepararse el guión de un programa de Sálvame, sin despeinarnos ni dar palo al agua. Sólo por el espíritu de la rabadilla que nos inoculan en la toma de posesión.

De la investigación en general se puede hablar mucho, sobre todo si sabes del tema. Yo mejor no me meto en detalles, que bastante tengo con aprenderme los números de las aulas de mis ocho horas semanales. Lo que sí puedo contar es que cuando un profesor universitario quiere publicar porque se lo piden para el currículum, sólo tiene que escribirle un mail (no muy largo) al editor de la revista más prestigiosa del mundo en el área que uno haya escogido, que normalmente es una que tiene un nombre que se puede pronunciar rápido y parece que sabes inglés, por si te pregunta la familia. En español se escribe el correo, que ya se encargará la editorial de traducirlo. El editor de la revista de reconocido prestigio, que normalmente anda escaso de artículos que publicar, pone a trabajar enseguida a un puñado de investigadores de otro país (normalmente China o Japón) en el que se hagan las cosas de otra manera, y en tres meses te ha mandado un pedazo de paper lleno de contribuciones novedosas, relación de las mismas con los trabajos existentes diez años ha mínimo, y figuritas y todo. ¡Y pone tu nombre! Yo no sé muy bien qué escriben en esos papers, porque yo es que el inglés… En fin, pero quedan bonicos.

Cuando tienes muchos papers y te piden cada medio mes que actualices tu currículum en unas diez mil plataformas web diferentes (que petan cada cinco “clics”) mueves un poco la cadera dotando de suave meneo al extremo inferior de la columna vertebral, donde se aloja la magia, y automáticamente están subidos todos los datos en los formatos correspondientes, y lo que haga falta.

Ah, de vez en cuando también te ofrecen relevarte de las tediosas clases (¡mira que cansan!) para que vayas a un congreso internacional a que te dé el aire, que muchos nos ponemos mohosos, y allí tienes esperándote un grupo de personas asignadas a tu servicio que se encargan de dar una charla sobre el paper que otras te han preparado. ¡Algunos hasta se curran la presentación en Prezi! Son de lo más amable en el trato, sí, aunque no se ríen mucho porque trabajan demasiado, y si les hablas en español (mucho peor: en cordobés) porque no tienes pajolera de inglés no pasa nada. Eso de que la ciencia se hace en inglés es verdad, pero sólo en otros países.

Bueno, he de reconocer que algunos días también me aburro, sobre todo porque andar arriba y abajo en una tarima sin nada en que pensar se termina haciendo cansino con los años. Como el espíritu de la rabadilla se da cuenta enseguida, me aparece al día siguiente en la mesa del despacho un libro enterito escrito en inglés y publicado ya en una editorial de renombre, también con mi nombre puesto, con prólogo de una autoridad mundial y fotos e ilustraciones con el copyright cedido y todo, y eso me anima un poco. ¡Me han contado que en el extranjero escribir un libro lleva años!

En fin, eso es lo que hay. A mí siempre me ha extrañado mucho que casi nadie quisiera quedarse en la universidad al terminar la carrera, y por eso he guardado celosamente este secreto, por si los alumnos no se habían dado cuenta del chollazo que es trabajar (por decir algo) sólo ocho horas a la semana. Seguro que este año todos los de último curso de máster me dicen que van a ser profes. Yo intentaré disuadirlos con las mentiras de siempre, más que nada por la costumbre, como que tardarán décadas en hacerse fijos, que tendrán que competir con el resto del mundo mundial sólo para tener alguna posibilidad de serlo, y que ni Einstein tenía el currículum que les pedirán para llegar a ser funcionarios en España. Pero me temo que ya no harán el mismo efecto que antes…

Lo que tiene el pensar las cosas

Septiembre1/2011

Para qué os voy a engañar, si después de dejar en pausa el blog acabo siempre preguntándome lo mismo. Pues esta vez también, con la diferencia de que en vacaciones puede uno pensárselo mejor. Así que aquí me hallo, dilucidando recurrentemente si seguir con este cuaderno, dedicarle o no el tiempo que necesita, etc. Me imagino que estar escribiendo acerca de ello en el propio blog, y además una entrada de la longitud de la que se os avecina, es señal de que probablemente la respuesta sea que no lo cierro. Digo yo.

Lo del blog no es lo único sobre lo que me ha dado por reflexionar estos días previos a la reentrada laboral. Lo bueno de desconectar en vacaciones es que descubres que, debajo del estrés y el agotamiento malsanos que te dejan medio incapacitado la mayor parte del año salvo para hacer lo que te dicen que debes, existe una cosa que se llama vivir y otra cosa que se llama ser un humano que vive (en contraposición a un animal que sobrevive o a una máquina que funciona), y puedes ponerte a pensar con tranquilidad sobre cualquier tema que te apetezca, algo que recuerdo haber hecho de vez en cuando en mi (más tierna) juventud.

Por supuesto, pensar está bastante mal visto, mucho mejor que te creas lo que otros ya han pensado por ti; quizás por eso sólo dan un mes de vacaciones al año: para que no te dé tiempo a pensar, que es un proceso mucho más lento que tener fe. Además te lo aderezan con días de sol y playa y aplanamiento general de los medios de comunicación, para que sólo te quedes pendiente de dónde ir a comer pescaíto hoy, de cómo se hace el cocido de miga empaná de Almanuete de Abajo, en directo, qué emoción, de los mil sitios disponibles para dejar a tus niños lejos de ti y que no te molesten el descanso estival, o de qué forma tan solícita se manda a funcionarios públicos al monte a arrancar de raíz matas de estramonio, no vaya a ser que cualquier imbécil se esnife una y le dejemos por una vez a Darwin hacer su trabajo sin estorbos.

Este despliegue de ñoñería, estupidez e infantilismo en nuestras vidas es sintomático, aunque todavía no sé si es porque esta sociedad no da más de sí o porque nos hallamos ante una práctica que se considera como poco una pérdida de tiempo y como mucho una actividad subversiva que hay que corregir; lo de dedicarse a pensar, digo, el tratar, por ejemplo, de darte cuenta de si estás haciendo lo que sientes que debes hacer porque eres tú y no otro (lo cual no tiene nada que ver con el tipo de trabajo que tienes, sino con lo que haces en él y cómo lo haces), o, más comúnmente, el tratar de darte cuenta de si sólo haces lo que está bien visto que hagas y te obligan a hacer, y de la forma que está bien vista y que te fuerzan a mostrar.

Es raro plantearte estas cosas, sí, pero a estas alturas de la película, como podréis comprender, más me vale estar ya acostumbrado a mis propias rarezas: también resulta bastante raro el que no me apetezca nada entrar en el juego de la competición que está tan de moda hoy en día en el ámbito universitario (básicamente, pelearte en el patio del colegio con otros que también coleccionan cromos, a ver quién tiene más), o, en su versión más molona, el que no me sienta atraído lo más mínimo por ser el más popular del barrio, al que más fotos hacen y del que más hablan (qué americanos nos estamos volviendo aún décadas después de que nos diéramos cuenta por primera vez de que nos estábamos americanizando), no inclinarme precisamente por usar herramientas, métodos y costumbres cuyo principal mérito es que las usa mucha gente (pero qué poco eficiente y productivo soy), empecinarme en cumplir con mi palabra incluso en las cosas más nimias (uf, qué idiota) y por tanto no darla alegremente (uf, qué reprimido), decidir no ir a ninguna manifa más a pesar de que pueda estar de acuerdo con parte de lo que se supone que defienden (en este santo país cualquier manifa terminará siendo de tema libre), o proclamar a los cuatro vientos que ser de izquierdas o de derechas, laico o religioso, indignado o fanboy, no es algo que entre en mi vocabulario (prefiero diseñarme mis propias ideologías y sistemas morales, gracias).

Pues, como digo, me he planteado bastantes cuestiones de éstas, de las de verdad, durante este mes, con la ayuda de la observación atenta de todos los que hacen esas cosas que yo digo que no quiero, que no son pocos y no dudan en hacerse bien visibles. También he disfrutado de lo lindo, claro, haciendo (sólo un poco de) lo que realmente quiero hacer y sobre todo haciéndolo como quiero hacerlo y no me dejan, es decir, bien. Vamos, que no he parado mucho a tocarme la barriga aunque haya tenido mi buena ración de aire libre y cerebro al viento. De hecho he llegado a echar jornadas de más de ocho horas haciendo cosas que me encantan, nada que envidiar en extensión a las jornadas laborales propiamente dichas. Todo eso me ha permitido descansar bastante (el agotamiento lo producen otras historias), me ha arreglado un poco el caos neuronal, y me ha hecho darme cuenta por enésima vez de lo que busco y lo que no, y de lo que me cuesta algunas veces centrarme en lo primero, que es algo que conviene recordarse a uno mismo periódicamente, cuando no escribirlo en un papel como propósito de curso nuevo, por lo ya dicho de que todo se confabula rápidamente para que lo olvides los restantes once meses. Si es que uno está hecho todo un Sísifo.

Ahí arriba, antes de esa maravillosa foto que me ha prestado mi santa para que ilustre el prototipo de persona al que realmente aspiran los que andan persiguiendo la popularidad y en el fondo lo que quieren tantas instituciones que acabe uno siendo (se siente, ni siquiera se acercarán a un objeto de diseño tan perfecto y lleno de pelos) he dejado escritas ya algunas cosas que no pretendo hacer en este nuevo período laboral, a las que puedo añadir el tener sí o sí que producir mucho, mucho, mucho (y no bien, bien, bien, sino rápido, rápido, rápido) para que reconozcan tu trabajo, o participar en eventos varios con el fin de aparentar que estás llevándolo a cabo, consistiendo esos eventos en poco más que dar esa apariencia. Y trataré de no caer en esas trampas a pesar de que esté bastante mal visto evitarlas (ya se llame ANECA o Archimandrita Mayor de Constantinopla el que pontifique que si las evitas eres un inútil). No porque las considere malas prácticas, que mayormente lo hago, sino porque caer en ellas sería dejar de ser yo mismo, lo cual no es moco de pavo. Que sí, que eso tiene consecuencias no precisamente agradables, especialmente para tu currículum, y que hay otras trampas que me tendré que aguantar, por lo menos durante un tiempo, porque ya caí en ellas (y, como ya he dicho, trato de cumplir lo que digo que voy a hacer). Hasta habrá otras nuevas a las que tendré que saltar sin remedio porque en el fondo no me llamo ANECA ni soy Archimandrita Mayor de Contastinopla, o sea, que no mando nada en esto. Nadie dice que la cosa sea fácil.

El tener estas reflexiones tan raras, en el sentido estadístico, obviamente lleva a sentir que gran parte de lo que me rodea no va conmigo, y eso le hace a uno ser bastante políticamente incorrecto, entre otros efectos secundarios. Y que conste que en este blog me corto. Pongo un ejemplo: cuando recién terminadas las vacaciones te enfrentas a la reentrada en el trabajo, y notas cierto sentimiento de asco o siquiera leve resquemor interior, has de procurar por todos los medios dejar bien clarito que te sientes afortunado de no estar en paro a pesar de todo, que tienes mucha suerte de tener trabajo, aunque no venga a cuento decirlo en ese momento porque estabas hablando de lo que tiene tu trabajo de mejorable y no de los juegos de azar; y has de dejar claro esto para que quien no tiene trabajo no se sienta mal por tu suerte (sólo un extranjero puede extrañarse de esta perversión de la lógica; lo de la envidia y el deseo del mal ajeno por encima del bien propio es una marca genéticamente hispánica).

Pues esto de la suerte que uno tiene que admitir por tener trabajo en estos tiempos que corren me resulta cada vez más sangrante, especialmente cuando me acuerdo del sudor y esfuerzo invertidos (y falta de vacaciones) durante tantos años para llegar a conseguirlo y el modestísimo papel que tuvo la aleatoriedad en ello. Miren, no sean tan susceptibles: mi trabajo está mal pensado desde las altas instancias que lo diseñan hasta instancias no tan altas, dilapida talentos y esfuerzos en cosas absurdas cuando no directamente imbéciles, y no se preocupa de enfocar ni la más mínima partícula de energía en hacer las cosas bien y con sentido común, que, de hecho, están penalizados. Si alguien no me cree y piensa que esas cosas no son de verdad sino mera pataleta, que se pregunte cómo puede haber tantos profesionales de 40 años o menos absolutamente quemados en docencia e investigación universitarias, y que estén ya de vuelta de mil historias bastante oscuras (aquí algunas respuestas), cuando resulta que los de mi edad deberíamos estar en el punto álgido de nuestras ilusiones y no como el palo del churrero. Precisamente porque trabajo en él, puedo contar esto de primera mano, así que permítanme que me queje sin entrar en si tengo suerte o no, que en caso de que la tuviera no es motivo para no quejarse ni señal de que me falta empatía con los que no lo tienen, y que pueda decir con tranquilidad, y a pesar de ello siga comprometiéndome a desarrollar mis labores correctamente, que no me resulta precisamente un placer regresar a este templo del saber después de las vacaciones (del saber y también de la excelencia, aunque no recuerdo si íbamos camino de ella o la habíamos alcanzado y tocaba ya la magnificencia).

En fin. Después de la presente parrafada me doy cuenta de otra cosa de las que sólo ves cuando tienes tiempo de pensar: la cantidad de ideas políticamente incorrectas que se me quedan en el tintero y lo que me desahoga enhebrar palabras con ellas. Mira por dónde: lo mismo voy abriendo el blog a cada rato que me encuentre con algo de claridad mental, para soltarlas ;)

Ciencia aplicada

Julio27/2011

-¿Qué tiene de malo la ciencia aplicada? ¿Qué tiene de malo que sea rentable?
-Nada. Siempre que siga buscando la verdad, que es en lo que consiste la ciencia.

Contacto (Robert Zemeckis, 1997)

G+

Julio20/2011

Estamos viviendo en directo al desarrollo de la estrategia empresarial más antigua del mundo: crea una dependencia a tus clientes de manera que, una vez acostumbrados, necesiten tus servicios para cubrirla y así te hagan de oro. O hagan de oro a cualquier otro que también les cubra esa necesidad. Más concretamente: quítales la necesidad de instalar programas, de hacer copias de seguridad, de buscar medios de comunicación eficientes para intercambiar datos con otros, que ya te encargas tú de todo ese engorro.

Ojo, no es una crítica (salvo por el hecho de que en el límite sólo puede llevar a crear sociedades de incapacitados para valerse por sí mismos; una forma de sociedad colmena uniformizada). Lo novedoso en esta ocasión (con Google Plus, por si alguien muuuuy despistado no sabe aún de qué estoy hablando) son las formas: al mismo tiempo que emplean esa estrategia, lo hacen con una pátina de “buen rollismo” y “transparencia” que potencia aún más su capacidad de atracción. Compárese con esa misma estrategia aplicada por Microsoft en los 90 para conseguir meter Windows en cada ordenador del planeta.

Y no es una crítica porque se trata ni más ni menos de un pasito más en la evolución de la humanidad, una especie que se hace más y más dependiente de sus herramientas, por las inmensas ventajas -y comodidades- que le proporcionan, llegando hasta el límite de hacerse una con ellas. No es que el futuro sean los cyborgs, es que ya somos cyborgs y no nos hemos dado cuenta.

Yo por ahora me resisto a perder el control, al menos tratando de no hacerme dependiente de cosas que no necesito realmente (por más que me intenten convencer de que las necesito) o de cosas que se supone que debo saber manejar por mí mismo porque he sido educado para hacerlo. Puede que no tenga más remedio que llamar al albañil si se me cae una pared, pero por ahora dejaré mis datos personales en mi propia nube, montada por mí mismo; no me gusta que los guarde todos una sóla entidad (que no sea yo), especialmente cuando es una empresa privada que no puede sino estar guiada por su propio beneficio, no por tu bienestar precisamente.

Pero comprendo que sólo estoy retrasando las cosas, porque esto no tiene más que un futuro posible: la empresa se saldrá con la suya. Porque está en nuestros genes que se salga con la suya, y nosotros mismos crearemos las fuerzas sociales necesarias para que todos acaben entrando por esa necesidad que hasta hace poco nadie tenía y, lo más sorprendente, nadie parecía echar de menos…

Es lo que hay.


P.D.: Gracias a Gabriella Campbell por el enlace compartido sobre este tema.

Y este hombre es el jefe…

Julio18/2011

[...] Pero en los colegios e institutos se trabajan competencias que no están relacionadas con el conocimiento. Se enseña educación en valores, que no es conocimiento académico que sea útil en la formación universitaria tradicional. Eso lleva a que algunos docentes vean que el nivel de competencia en conocimiento sea más bajo, pero eso lo perciben los profesores más veteranos. Pero yo creo que es la Universidad la que tiene que adaptarse al material que tiene.

Entrevista al Vicerrector de Estudiantes de la Universidad de Málaga

Como si la “educación en conocimiento” fuera una cosa optativa, la cual poder adaptar o no porque no tuviera gran importancia, o que fuera sólo propia de “la universidad tradicional”, por no decir arcaica (lo cual obviamente es sinónimo de facha, al igual que “profesor veterano” da la impresión de serlo en este contexto).


P.D.: Otro día lo mismo nos extendemos sobre una teoría que circula por ahí últimamente sobre el daño que han hecho y están haciendo a nuestro país algunos de los que hoy son altos jefes/cargos, procedentes de esa “generación tapón” nacida en los 50/60 del siglo pasado, que ha sido llamada así porque copó puestos principales de toma de decisiones y ahora impide el paso a gente más joven aunque tenga más preparación y currículum (ejemplos palmarios no hay que buscarlos muy lejos: véanse Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero, por poner).

El orgullo vacuo del ser

Junio29/2011

Leyendo el blog LógicaMente he recordado el precioso artículo del que extraigo esto, que no sólo viene de perlas para describir la situación de la postmodernidad mundial, sino más concretamente la de la vida actual en este pobre país:

El orgullo vacuo del ser ha dejado en segundo plano la dificultad y la satisfacción del hacer. Es algo que viene de antiguo, concretamente de la época de la Contrarreforma, cuando lo importante en la España inquisitorial consistía en mostrar que se era algo, a machamartillo, sin mezcla, sin sombra de duda; mostrar, sobre todo, que no se era: que no se era judío, o morisco, o hereje. Que esa obcecación en la pureza de sangre convertida en identidad colectiva haya sido la base de una gran parte de los discursos políticos ha sido para mí una de las grandes sorpresas de la democracia en España. Ser andaluz, ser vasco, ser canario, ser de donde sea, ser lo que sea, de nacimiento, para siempre, sin fisuras: ser de izquierdas, ser de derechas, ser católico, ser del Madrid, ser gay, ser de la cofradía de la Macarena, ser machote, ser joven. La omipresencia del ser cortocircuita de antemano cualquier debate: me critican no porque soy corrupto, sino porque soy valenciano; si dices algo en contra de mí no es porque tengas argumentos, sino porque eres de izquierdas, o porque eres de derechas, o porque eres de fuera; quien denuncia el maltrato de un animal en una fiesta bárbara está ofendiendo a los extremeños, o a los de Zamora, o de donde sea; si te parece mal que el gobierno de Galicia gaste no sé cuántos miles de millones de euros en un edificio faraónico es que eres un rojo; si te escandalizas de que España gaste más de 20 millones de euros en la célebre cúpula de Barceló en Ginebra es que eres de derechas, o que estás en contra del arte moderno; si te alarman los informes reiterados sobre el fracaso escolar en España es que tiene nostalgia de la educación franquista.

Hora de despertar (Antonio Muñoz Molina, 2011)
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