Mayo10/2009
La autora de múltiples series de libros infantiles/juveniles antes de los años 70 del siglo XX, entre ellas Los Cinco, que en su época le dio bastantes vueltas en producción literaria a la Rowling con su monotemático y comercial Harry Potter, es homenajeada todos los años en su pueblo natal del Reino Unido, Twyford.
Enid Blyton escribía libros para niños; no sé si aportó a la literatura como arte mucho o poco, pero sí a generaciones de lectores unos buenos ratos y un gusto por la lectura que no tuvieron precio. Y como en aquella época las modas eran pocas y no había globalización ni mucha sofisticación, sus libros eran más aventuras de lo misterioso que hay en lo infantil, sencillo y cotidiano que exhuberantes mezclas de mitologías y personajes mil veces reaprovechados ya.
Ejercicio mental: contad en España cuántos pueblos o ciudades o comunidades recuerdan (¡anualmente!) a verdaderos monstruos de las letras como Cervantes, Quevedo, Góngora, Bécquer, …
(Por no hablar de científicos de primer orden como Cajal u Ochoa o Servet).
Abril12/2009
Me atraen los cuentos tradicionales, los que tienen moraleja (o sabiduría antigua, como se quiera llamar), y algunos se me quedaron clavados de niño, hasta el punto de que casi recuerdo las imágenes que evocaban.
Éste que copio aquí abajo es el nº 176 de uno de los libros de cuentos de los Hermanos Grimm, y no es de los que conocía; lo he encontrado, de casualidad, mientras buscaba (sin éxito) uno de ésos que se me clavaron.
Me ha encantado. Y tengo que decir que hasta la edad que tengo, la conclusión del relato se cumple bastante exactamente ;P
La duración de la vida
Cuando Dios terminó de crear el mundo, quiso determinar la duración de la vida de todas las criaturas. Entonces vino el burro y le preguntó:
- Señor, ¿cuánto tiempo debo vivir?
- Treinta años- respondió Dios-. ¿Te conviene?
- ¡Ay, Señor! – respondió el burro – es mucho tiempo. Considera mi penosa existencia: llevar pesadas cargas de la mañana hasta la noche, tirar de los sacos de grano, hasta el molino para que otros coman el pan, sin más estímulos que palizas y patadas. ¡Dispénsame una parte de ese largo tiempo!
Entonces Dios tuvo clemencia y le eximió de dieciocho años. Consolado, el burro se fue y apareció el perro.
- ¿Cuánto tiempo quieres vivir tú?- le preguntó Dios.. Al burro le parecen demasiado treinta años, pero tú estarás contento con eso.
- Señor- respondió el perro- ¿es esa tu voluntad? Considera lo que tengo que correr, mis piernas no lo soportarán por tanto tiempo. Y una vez haya perdido la voz y no pueda ladrar, y los dientes y no pueda morder, ¿qué me quedará sino andar gruñendo de un rincón al otro?
Dios vio que tenía razón y le rebajo doce años. Después vino el mono.
- A ti te gustaría vivir treinta años, ¿verdad?- le preguntó el Señor-. No necesitas trabajar, como el burro y el perro, y siempre estás de buen humor.
- ¡Ay, Señor…! – respondió él- lo parece pero no es así. Cuando llueven gachas de mijo, yo no tengo cuchara. Siempre tengo que hacer travesuras y muecas para divertir a la gente, y cuando me echan una manzana y la muerdo, resulta que es ácida. ¡Cuán a menudo la tristeza se oculta tras la risa! ¡No podré soportar eso!
Dios sintió compasión y le descontó diez años.
Finalmente compareció el hombre, dichoso, sano y fresco, para pedir a Dios que determinará la duración de su vida.
- Vivirás treinta años- dijo el Señor-. ¿Te parecen suficientes?
- ¡Qué tiempo tan corto! – exclamó el hombre. Justamente cuando haya construido mi casa y el fuego arda en mi propio hogar: cuando florezcan y den fruto los árboles que haya plantado y cuando me disponga a disfrutar de mi vida, ¡entonces deberé morir! ¡Oh, Dios, prolonga mi tiempo!
- Te añadiré los dieciocho años del burro- dijo Dios.
- Eso no es suficiente- replicó el hombre.
- Tendrás también los doce años del perro.
- Todavía es demasiado poco.
- Pues bien – dijo Dios-, te daré además los diez años del mono, pero más no recibirás.
El hombre se fue, pero no quedó satisfecho.
Así es como el hombre vive setenta años. Los primeros treinta, que rápidamente quedan atrás, son sus propios años: entonces está sano, con buen ánimo, trabaja con gusto y disfruta de su existencia. Después siguen los dieciocho años del burro y a lo largo de ellos, se le impone una carga tras otra: tiene que acarrear el grano destinado a otros, y golpes y puntapiés son la recompensa por sus fieles servicios. Luego vienen los doce años del perro: entonces anda gruñendo por los rincones y ya no tiene dientes para morder. Y cuando este tiempo ha transcurrido, los diez años del mono hacen de despedida: el hombre chochea, se chifla y comete bufonadas que despiertan la irrisión de los niños.
Cuentos de niños y del hogar /
Cuentos de hadas de los hermanos Grimm, principios del siglo XIX
Abril10/2009
Acabo de terminar el último libro del físico/matemático Douglas Hofstadter, reconvertido a científico cognitivo (suena mal en español, pero las ciencias cognitivas son la intersección de varias disciplinas: computación, neurofisiología, psicología, robótica,…) y en este libro prácticamente actúa como filósofo. Es el autor del aclamado -premio Pulitzer- Gödel, Eschel, Bach: un eterno y grácil bucle, y, por cierto, proveedor de apellido a uno de los personajes de la genial serie The Big Bang Theory (Leonard Hofstadter).
Descartando los capítulos dedicados al teorema de incompletitud de Gödel, que a pesar de empeñarse en explicarlo de manera divulgativa consiguen confundir por completo al lector no especialista, y pasándole por alto que todo lo que dice en el libro en su conjunto podría haberse dicho en tres páginas, es un libro que se disfruta muchísimo: está bellamente escrito y propone una hipótesis sobre la consciencia -no dualista- que muchos compartimos o al menos nos hace bastante tilín.
También debería ser de obligada lectura para todo aquel que aún piense que dentro de nada los robots japoneses se harán inteligentes y dominarán el mundo, porque deja meridianamente clara la inconmensurable distancia que aún queda para que se pueda replicar la consciencia (el “uno mismo”) en una máquina. Principalmente porque las ideas que expone de lo que es la consciencia están muy claramente expuestas, pero siguen siendo tan vagas -y están en el estado del arte del tema- que hasta que no llegue un genio que sepa cómo demonios implementar ni siquiera la milésima parte de ellas ya nos puede dar el sol…
Abril4/2009
…imaginaos lo que me pasa por el cuerpo cuando un libro de divulgación científica se podría resumir en dos páginas (y ya es) para decir lo que dice en seiscientas páginas.
¿Podríamos decir timo? ¿Pérdida de tiempo? ¿Simple verborrea?
Porque en el caso de la novela, por lo menos, se supone que estás disfrutando de la lectura, pero en el otro es simplemente que quieres enterarte de algo.
Marzo26/2009
…que cuando se popularicen los lectores de papel electrónico van a poder las compañías impedir que se hagan copias gratuitas de los libros, al igual que pasa ahora con música y vídeo?
Llevan años sin ponerse las pilas, y ahora que por fin está llegando el cambio, siguen sin diseñar estrategias para sacar valores añadidos a la lectura que no estén en el propio contenido del libro. Y ya se van a tener que estrujar las meninges, porque esto no es como las películas (que en el cine se ven mejor) ni como la música (que el directo es incopiable). Aquí no pueden ofertar que alguien te vaya a hacer lecturas públicas mientras la gente se queda en sus sillones escuchando…
Algo va a tener que cambiar mucho mucho dentro de menos de lo que se espera si se quiere seguir haciendo negocio con el libro…
Marzo3/2009
Ya sé que dije que después del chasco de Los Nueve Príncipes de Ámbar (de hecho, de tener que dejarla a menos de la mitad por lo decepcionante), iba a poner al principio de mi pila de lectura a Nunca me Abandones, de Ishiguro, y no me faltan ganas, pero cuando leo me dejo llevar por el capricho (es una de mis normas, por así decir), y al abrir la estantería con la pila de pendientes me encontré con El Día del Minotauro, de Thomas Burnett Swann (amablemente regalado por Juanjo Aroz, estimado editor de Espiral CF), y he aquí que encontrando ante mí una recreación de los mitos cretenses con cierto aire a John Crowley, no tuve más remedio que constatar que la carne es débil, el espíritu más, y yo en particular ni os cuento.
Así que ahí ando, disfrutando como un enano de las andanzas de aqueos, minotauros, centauros, dríadas y otros híbridos en los alrededores de Cnossos. Una gozada
Febrero27/2009
Tomo prestada una frase del portal literario en el que colaboro (Literatura Prospectiva), de una entrada de Julián Díez sobre la reciente muerte del escritor Philip José Farmer, autor, entre otros, de A vuestros cuerpos dispersos:
[...] una regla de oro de la cf: no expliques el fascinante mundo que has creado, pues posiblemente lo estropees.
Vengo dándole vueltas a esa misma idea desde hace años. Pero yo no la considero una regla de oro de la ciencia ficción, sino de cualquier historia. Si no, pensad en vuestra serie favorita de TV, la que más os enganche, y ved qué parte de ese enganche se debe a lo que aún no os han contado…
Es decir: lo mejor de una historia es lo que no se cuenta; lo más interesante es lo que no está ahí; para contar algo que atrape, no lo cuentes.
Hay varias formas de lograr resolver esta aparente paradoja: no contar nada hasta el final (quizás la más torpe), no contar nada (historias abiertas, la más exigente para el lector), o contarlo sin que parezca que lo cuentas (la más difícil).
Por este tipo de cosas, entre otras, es por lo que la literatura es un arte. Y también por eso es maravillosa.
Febrero21/2009
Dejando aparte el que les pueda gustar a adolescentes e infantes a quienes no les rechine que las personas del siglo diecisiete se comporten como en Al Salir de Clase… ¿alguna vez tendremos en este país un grupo de actores y no digamos de guionistas buenos?
Febrero20/2009
Acabo de leer “La carretera”, de Cormac McCarthy (autor, entre otros, de “No es país para viejos”).
Lo que más me ha impresionado es que, usando un estilo absolutamente minimalista, hasta el punto de desterrar prácticamente el uso de las comas, de la separación entre capítulos, de los signos de diálogo, y sin tratar de no ser brusco, sino todo lo contrario; sin contar prácticamente nada (más allá de acontecimientos absolutamente cotidianos en un mundo en el que ya no queda nada que contar, casi ni siquiera lo cotidiano); prácticamente dejando la literatura en un boceto de sí misma, consigue que el lector vaya creando toda la historia.
Con muy pocos elementos consigue provocar compasión, pena, alivio, hasta verdadero terror en algunos momentos, por lo que puede pasar, sin decir qué es lo que puede pasar, sin dar signo alguno, de hecho, de que pueda estar por pasar algo…
Es un libro terrible. Pero no por lo que cuenta: la supervivencia de un padre y un hijo en un mundo desolado por un holocausto, al fin y al cabo una historia bondadosa, sino porque consigue que el lector rellene tal cantidad de maldad, que imagine tal crueldad en los personajes con que se encuentran los protagonistas, que al fin y al cabo acaba retratando la perversidad de nuestra especie.
Pero no es él quien lo hace, sino nosotros. Ésa es la tremenda habilidad que demuestra como escritor en esta novela: nos deja completamente al descubierto.