Novelas con final un poco demasiado abierto…
¡Si la tengo que completar yo porque él no ha terminado su trabajo, que me paguen a mí!
Exabrupto de mi santa, que aún goza de la bendita inocencia de quien no conoce el gafapastismo
¡Si la tengo que completar yo porque él no ha terminado su trabajo, que me paguen a mí!
Exabrupto de mi santa, que aún goza de la bendita inocencia de quien no conoce el gafapastismo
Terminado un año cercano a lo horribilis en bastantes aspectos, siempre es bueno echar la vista atrás y ver qué hemos hecho y reflexionar al menos un femtosegundo sobre ello.
Ya.
De todo lo hecho, hay una cosa que ha quedado registrada más de un femtosegundo, gracias a BIBLION, y que me gusta poner aquí para la posteridad: lo que leí este año.
La cosa se ha mantenido como años anteriores, aunque no leí tanto como en 2008 (falta de tiempo, vaya usted a saber por qué) pero lo compensé en Agosto, que no hice otra cosa más que leer
Además se me juntó con leerme libros que ya tenía leídos (para la columna “Revisitando” de Literatura Prospectiva), lo que no contribuyó precisamente a disminuir la pila de libros pendientes… El resultado es que la susodicha no ha cambiado mucho desde la del año pasado, ni de tamaño (he podido mantener controlada mi adicción a pesar de comprarme más de uno y más de dos) ni de aspecto (aún sigue habiendo viejas glorias que se resisten a caer por las noches).
No pienso proponerme para el año nuevo acabar con esta pila. Lleva conmigo, aunque cambie unos títulos por otros, desde hace dos lustros mínimo, y no es cuestión de perder la buena costumbre de disponer en casa de una pequeña librería portátil de la que seleccionar lo que más apetezca en cada momento.
Eso sí: ¿la cambiaré en 2010 por un pequeño pendrive o un disco duro…?
… es en realidad terror ante una hoja o pantalla, en blanco o no (en caso de revisión de algo ya escrito), por creer que te va a salir un churro.
Luego te pones y no es para tanto, pero es que nunca te acuerdas de que luego te pones y no es para tanto y de que incluso lo disfrutas…
Corolario: Nunca le hagáis caso a un escritor quejándose de las musas
En el momento que se pueda leer mi libro gratis en internet, no escribiré.
La araña de cristal
(Letra y música de David Bowie, 1987)
Hasta hace un siglo vivió,
en la provincia de Zi Duang, en un país oriental,
una araña de cristal.Habiendo devorado a sus presas,
repartía los esqueletos sobre su telaraña,
creando, durante semanas, un macabro
relicario.La telaraña era única, además, porque estaba
dispuesta en muchas capas.
Como los pisos de un edificio.…
En la cima de ese lugar parecido a un palacio,
ensamblados con aparente cuidado,
había pequeños objetos brillantes:
vidrios, abalorios, gotas de rocío.Se podría confundir con un altar.
Cuando la brisa soplaba
a través de la construcción
producía quejidos, gritos;
leves quejidos y leves gritos.…
Los hijos de la araña estaban asustados
y buscaban frenéticamente a su madre.
Pero la araña de cristal se había ido hace tiempo, sabiendo que sus niños sobrevivirían,
de alguna forma,
por sí mismos.Oh.
La araña de cristal tenía ojos azules, casi humanos.
Ojos que lagrimeaban con el invernal paso de los siglos…
.oOo.
¿No oís ese grito perdido? La vida se cierne sobre vosotros.
(Mami, vuelve, que el agua se ha acabado)
¿No habéis visto quién está en el cielo? ¿Hay alguien en el infierno?
(Mami, vuelve, que está oscuro)…
Cuidaos, cuidaos.
(Mami, vuelve, que el agua se ha acabado)
En algún lugar ella resplandece divina,
en algún lugar se despierta sola.
Pero vosotros, vosotros mantenéis una promesa en vuestra amante mirada.
Dios, está oscuro ahora.…
Se ha acabado, se ha acabado, el agua se ha acabado.
(Mami, vuelve, que el agua se ha acabado)
Permaneced cerca del suelo.
El fuego puede volveros salvajes y asustados.Estáis clavados al amanecer, venid antes de que los animales despierten.
(Se ha acabado, se ha acabado, el agua se ha acabado,
mami, vuelve, que está oscuro)Corred, corred, moviéndose toda la noche, los ríos están a la izquierda.
Si vuestra mami no os quiere, los cauces podrían.
(Se ha acabado, se ha acabado, el agua se ha acabado,
mami, vuelve, que el agua se ha acabado)
Si uno puede tener a los cincuenta años todo lo que deseó cuando tenía quince, uno es feliz.
¡Tigre, tigre!, de Alfred Bester
Con un año de retraso (debía haber aparecido el año pasado), la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror ya ha publicado el libro Fabricantes de Sueños 2008, con una magnífica portada de Felideus y una pechá de trabajo (como decimos por aquí abajo) de sus seleccionadores, como me consta porque me han metido en el fregao del siguiente volumen (que está prácticamente terminado y debería salir este año para recuperar su frecuencia propia) y he visto en directo y de primera mano cómo esta gentuza es capaz de sacar horas de donde no tienen para revisar cienes y cienes de relatos
. En fin, resumiendo: el Fabricantes de Sueños es un libro la mayoría de las veces anual que contiene los relatos que los interfectos de turno consideran más relevantes de entre los publicados el año anterior.
El caso es que entre los seleccionados para el FdS 2008 han puesto uno mío, “El olor profundo de la tierra”, que había sido publicado en la antología Magnífica Víbora de las Formas en 2007 (a su vez primer volumen de la Saga de las Víboras de las Formas, que alguna vez se verá completada como parte de mi plan para dominar el mundo… ¡muahahahaha!). Bueno. Eso. Que han sido muy amables de considerar que era un relato relevante de los de 2007. A su vez, este relato había sido publicado todavía antes (Febrero de 2004) por Juanjo Aroz en su colección Espiral: Juanjo lo consideró también interesante para su ya extinguido premio Espiral CF. Ahora sí que es lío, ¿verdad?
El caso es que yo, para variar, no soy capaz de releerlo de lo mal que lo paso (suele ser así con todo lo que escribo), así que cerraré un ojo para poner aquí un extracto del relato. Aquellos a quienes les pique la curiosidad disponen de la posibilidad de contactar con la Asociación en su web y pedirse un ejemplar del FdS 2008 con todos sus relatos oscuros, pesimistas e hibridados, que dicen por ahí que son las señas de identidad de los géneros fantásticos escritos en español (otros opinan que no existe tal cosa; yo, como no entiendo del todo qué es eso de los géneros, prefiero no pronunciarme).
El olor profundo de la tierra [extracto]
La tarde en que me mataron me condujeron a una llanura infinita perdida entre los Urales y el Volga, poblada tan sólo por manojos de hierbas secas y bichos parecidos a escarabajos. Nos llevaba el que por aquel entonces era uno de los sicarios de confianza del jefe, Fyodor, un ser hinchado y rojo por el vodka más que por el frío, envuelto en ropas que crepitaban incesantemente como si fuera una gran torta recién envuelta en una tienda de dulces. Nos llevaba a mí y a mi hermano, que aún era demasiado joven para ser como yo, y que desde que le operaron exhibía el cráneo rapado, las cicatrices inflamadas. Recuerdo que mi hermano tenía la boca gruesa, la nariz fina, los ojos grises. Ahora ya no recurro a la memoria: no tengo más que mirarme al espejo para volver a ver todos esos rasgos.
Pero me estoy adelantando.
La gigantesca torta envuelta en papel crepitante nos empujó todo el trayecto. Nos hizo caminar a través del páramo hasta que quedamos agotados. Él también resoplaba, se llevaba la mano derecha al costado. Con la otra sostenía la pesada ametralladora-luz.
Tardamos toda la tarde en llegar. Se trataba de una hondonada entre varios cerros pelados que acumulaba un poco de agua de lluvia, sucia y gris, como toda la lluvia que caía en el planeta desde que la contaminación lo inundara todo. Tragué saliva ruidosamente cuando la vi. Oí a mi hermano hacer lo mismo. Sabíamos que el agua entorpecería mi olfato, pero a aquel cerdo no le importaba. Ahora pienso que lo hicieron a propósito: me ha dado la impresión más de una vez de que habían decidido acabar conmigo antes de tiempo. En aquel momento, cuando vi la charca, no pensé tanto, simplemente me cagué encima. Fyodor no dio muestras de notarlo.
Me empujó hacia el borde del agua.
–Aquí –dijo–. Huele.
Desde que habíamos salido del caserón, fue el único momento en que levantó su pesada arma y me apuntó con ella. Pensé que estaba demasiado agotado para sostenerla mucho tiempo, que pronto le empezaría a temblar el rollizo dedo en espasmos que podrían dispararla, así que caí de rodillas donde me indicó. Mi hermano se apartó, pero una feroz mirada de Fyodor le impidió alejarse mucho.
Olfateé el barro. Juro que pegué la cara hasta que la sustancia pegajosa en la que la lluvia había convertido la fétida tierra de aquella comarca me entró hasta el cerebro. Se me embotó la nariz, comencé a lagrimear. Tuve que cerrar los ojos y no pensar en el olor del barro: no era el olor del barro lo que tenía que distinguir. Sentí mi sangre mezclarse con la suciedad, me dolía. Pero olfateé. Dejé que todos los olores me penetraran. Estuve así mucho rato, hasta que un brazo me alzó, me elevó en el aire y me lanzó contra el suelo seco con fuerza: sin darme cuenta había llegado a internarme en el agua y estaba asfixiándome. Tal era mi concentración.
–¿Bueno? –me espetó Fyodor.
Algunos de los bichos que parecían escarabajos corretearon delante de mi cara buscando precipitadamente refugio entre las ralas hierbas. El ojo negro de la ametralladora luz me contagiaba su frío a la altura de la sien izquierda. La mierda en mis pantalones dejó de importarme. De hecho, dejó de importarme cualquier otra cosa. Tenía que darle una respuesta rápidamente.
Obviamente, me arriesgué: tenía un cincuenta por ciento de probabilidad de acertar.
–No hay.
Nunca sabré si en el subsuelo de aquel lugar se ocultaba una microbolsa de petróleo o no. Sigo pensando que mi cerebro no había llegado a la madurez, que se equivocaron matándome entonces. Pero realmente, un cuerpo más o menos no le importa al clan: los cuerpos son baratos, hay muchos que concuerdan con los parámetros básicos del modelo Alexei. De hecho, ahora que es época de vacas gordas, es más rentable probar muchos que esperar a que unos pocos lleguen a la madurez.
Mis sesos se desparramaron en un instante por la charca, por el barro y por los zapatos de Fyodor y de mi hermano, que vomitó. Fyodor se limitó a limpiar meticulosamente la boca del arma con un pañuelo sucio que se volvió a guardar en el bolsillo de su crepitante abrigo oscuro. Luego rebuscó entre mis restos, aún palpitantes. He sabido más tarde que sentía una curiosidad irrefrenable, completamente infantil, por ver qué aspecto tienen las neuroguías. Resultaban un misterio para él, casi un mito. Para los que las fabrican en el lejano Departamento, esos nódulos que nos meten en la cabeza no son más que pequeñas pepitas doradas hechas de nanocircuitos. Para Fyodor eran una obsesión. Removió con la punta del zapato mis sesos, pero ninguna neuroguía es suficientemente grande como para percibirse a simple vista. Eso Fyodor no lo sabía, así que la obsesión se perpetuaba.
[...]
(c) Juan Antonio Fernández Madrigal, 2008
Más escombros caen creando volutas de fuego y humo, breves tormentas de polvo que se unen a una hermana mayor que lo cubre todo. Ver desde dentro de ellas mismas las ruinas que provocan la destrucción y el calor no es un preludio de la muerte: es haber llegado ya al infierno.
De improviso un remolino en el polvo y el Terminator avanza hacia mí en este paisaje de desolación irrespirable, materiales astillados y brasas; sus ojos fijos en mi cuerpo débil, sus procesos cerebrales calibrando la presencia de mis genes Connor, los músculos de sus brazos hinchándose. Camina entre los escombros en línea recta y erguido como si le hubieran metido un palo de escoba por el culo. Su pelo sigue negro, limpio y peinado, a pesar del calor; su ropa bien arreglada; camisa y corbata le abotonan el tórax mortífero para hacer patente que nada puede con un Terminator.
Se acerca inevitablemente y la pobre Sarah no puede escapar. Después de haber pasado tanto en mi huida de un estado a otro, saliendo y volviendo a entrar una decena de veces con nombres falsos en el país donde Skynet provocará el verdadero fin, una simple astilla afilada de medio metro, clavada por un lado al suelo y por otro a mi pantorrilla, una simple astilla, no deja que mi pierna quebrada (lo que no me detendría) huya con mi cuerpo por delante, aunque sea arrastrándome con las uñas por la tierra caliente.
Aquí, y tan tontamente, se acabará todo. Al menos no pueden pedirme más de lo que hice.
El Terminator ya está conmigo. Acerca su mano grande y la apoya con fuerza en mi hombro, dirigiéndome una larga mirada sin sentimientos: como una cara demasiado castigada por el bótox.
De repente me suelta y sigue su camino hacia la espalda del desastre, camino abajo. De donde vino surge ahora una comitiva de concejales en manga de camisa, algún reportero, y jefes de bomberos, policías y médicos (uno me presta atención) enumerando heridos y ordenando cortafuegos para que los incendios no lleguen a más casas, comunicándose con sus móviles con las unidades del condado más cercanas.
No suspiro profundamente, ni doy el más ligero respingo, cuando me inyectan el analgésico: para mi pesar cada vez me siento menos persona y más Terminator. Mis procesos mentales deducen sin asomo de dudas (pero tarde) que no debí venir en este momento a esconderme al condado de los Ángeles, en California.
(c) Juan Antonio Fernández Madrigal, 2009
De cuando aún no había ciudades, sólo cabañas de gente recién estrenada en la vida agrícola a la orilla de los ríos y muy asustada por las inundaciones y las tormentas que las acompañaban:
La inundación desenfrenada que nadie puede contener,
que estremece los cielos y hace temblar la tierra,
envuelve a la madre y al niño en un espantoso manto,
azota el verdor lujuriante de los cañaverales
y ahoga la cosecha en sazón.Las aguas crecidas, horribles para la mirada humana,
la inundación todopoderosa, que rebasa los terraplenes
y siega los vigorosos árboles-mesu,
la frenética tempestad, que arranca y arrastra todas las cosas
en estruendosa confusión.
Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz
que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias.
Pero eso sí,
y en esto soy irreductible,
no les perdono bajo ningún pretexto
que no sepan volar,
si no saben volar pierden el tiempo conmigo
Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan.Una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo.Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte.Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.