Válvulas de escape
Aquel día aprendí algo fundamental: uno sólo puede sentir autocompasión cuando las penas son soportables. [...] la única forma de soportar lo insoportable es reírse de ello.
Persépolis (Marjane Satrapi, 2004)
Aquel día aprendí algo fundamental: uno sólo puede sentir autocompasión cuando las penas son soportables. [...] la única forma de soportar lo insoportable es reírse de ello.
Persépolis (Marjane Satrapi, 2004)
—Deberíamos asociarnos —decía Yeste—. En Madrid. En el cartel, mi nombre precedería al tuyo, claro, pero iríamos siempre a partes iguales.
—No.
—Está bien. Pondremos tu nombre delante del mío. Eres el espadero más grande del mundo, mereces ocupar el primer puesto.
—Que tengas buen viaje.
—¿Por qué no?
—Yeste, amigo mío. porque eres muy famoso y muy rico, y está bien que sea así, pues fabricas unas armas maravillosas. Pero también has de fabricarlas para cualquier tonto que se te presente. Yo soy pobre, y en todo el mundo los únicos que me conocéis sois tú e Íñigo, pero no tengo que aguantar a los tontos.Diálogo entre el mejor espadero del mundo (el padre de Íñigo Montoya) y el espadero Yeste, que es el más conocido, tomado de La Princesa Prometida (William Goldman, 1973)![]()
[...] cómo corroe la paz a los hombres, cómo van atesorando impaciente rabia contra ella a medida que se prolonga, cómo la van socavando hasta asegurarse de que se quiebra y deja paso a la batalla, la matanza, la violación y la desolación.
Lavinia (Ursula K. LeGuin, 2009)
Lo pongo en cuatro premisas y una conclusión, para ir al grano:
Premisa 1: La industria editorial tradicional se está yendo al garete: ya no renta invertir lo que se invierte en producir un libro en papel, promocionarlo y distribuirlo para terminar recogiendo lo que se recoge (salvo excepciones). El negocio debe redimensionarse sí o sí, a menos.
Premisa 2: La industria de la autoedición (entendida como que el autor paga para que le editen en papel su libro, no como el fraude de que con el supuesto objetivo de además distribuirlo y promocionarlo el autor termina pagando sólo por editarlo), la autoedición, digo, quizás podría sobrevivir, ya que obtiene sus beneficios del autoeditado y en base a éstos es como se ha tenido que dimensionar hasta ahora. La barrera de la difícil promoción a gran escala de autores desconocidos, algo inalcanzable por esos mismos autores, puede mantener a salvo -aunque muy pequeño- ese negocio.
Premisa 3: Los agentes editoriales promocionan un libro normalmente entre editoriales y no se ocupan apenas de la promoción entre el público.
Premisa 4: Internet, que es el invento que ha cambiado rápidamente las reglas del juego y al que irremediablemente hay que adaptarse, abarata infinitamente los costes de edición y distribución, pero no soluciona el problema antes mencionado de cualquier autor desconocido: la promoción. Puedes autoeditarte lo que te dé la gana en Internet, pero como no te llames Pérez-Reverte no encontrará tu libro -y, de hecho, no le interesará encontrarlo- ni al tato.
Conclusión: ¿Qué tal una editorial que haga primordialmente labores de promoción tradicional de sus autores previo pago de los mismos, pero no de distribución de las obras, que éstos podrían hacer gratis por sus propios medios -de la edición podría ocuparse opcionalmente la editorial si el autor lo deseara-, y que probablemente obtuviera beneficio también de publicidad inserta en el proceso de promoción? Ahora mismo, la autoedición no tiene ese objetivo, los agentes no suelen promocionar fuera del circuito editorial tradicional, los autores tienen una necesidad que cubrir -que el público encuentre sus obras, no el editar en sí mismo-, y de todas formas las editoriales tienen que redimensionar sus negocios a menos.
Quien dice editorial dice agentes, distribuidoras (incluso autores ya famosos), en fin, cualquier ente independiente que le dé por llevar a cabo esta idea.
Como hoy no estoy muy fino y tampoco es que sea un gran experto en el mundo editorial, es posible que se me haya pasado por alto algún detalle no tan detalle (probablemente que esto ya se haya hecho), pero ahí queda la idea.
Uno no es responsable de sus heridas, pero sí de cómo quedan sus cicatrices.
El vuelo del Hipogrifo (Elia Barceló)
Una de las cosas curiosas que tiene el que te interese por igual la ciencia y la literatura, es, en particular, cómo vas alternando las lecturas de ambas.
En mi caso, tengo rachas. Ahora mismo estoy con una literaria, pero hasta hace un mes o así no sacaba la cabeza de libros técnicos (la más larga que he tenido de las de tipo científico, por cierto). Suelo estar por lo menos diez libros de una de las dos antes de pasar a la siguiente, aunque también ha habido ocasiones en que los he alternado, con cierta predilección por los de ciencia.
¿Y para qué cuento este rollo? Bueno, primero, porque no desentona mucho con los otros rollos que suelto en esto que parece un blog. Segundo, porque al pasar de una racha de lectura a otra, como se hace por hartazgo (mayormente), uno puede contrastar perfectamente las cosas que le gustan o no de cada tipo de libro.
La literatura, cuando estoy en racha, me proporciona cosas que no tiene ni de lejos la ciencia: color, olor, sentidos en general, la sensación de tener algo vivo entre las manos (o que podría estarlo en algún universo paralelo), belleza.
Cuando empieza la racha científica, es porque la literatura me comienza a resultar vaga, demasiado liviana, carente de respuestas, a veces poco innovadora, diciendo siempre las mismas cosas sin ahondar más de lo que ya ahondaron otros.
Por otra parte, los libros técnicos, cuando estoy en racha, me dan cosas que hacen palidecer a la literatura: profundidad, complejidad, rigurosidad, honestidad, conocimiento.
Cuando voy pasando a la racha literaria, de nuevo, es porque encuentro que la ciencia me empieza a parecer repetitiva, fría, pesada, incapaz de destacar lo verdaderamente importante de los detalles, sobredimensionada demasiadas veces (para lo que al final es capaz de explicar realmente), estresante.
Ninguno de los calificativos que he usado en los párrafos anteriores es exacto: contienen una apreciable cantidad de incertidumbre, vaguedad, y por tanto, podríamos considerar que los he puesto haciendo uso de la literatura. Pero todos son ciertos: son las mejores palabras que reflejan lo que me parecen las cosas que leo, por lo que podríamos considerar que los he elegido haciendo uso de un espíritu científico.
Y es que, en el fondo, literatura y ciencia tienen un nexo común: ambas se apoyan en el arte, que es fruto de la imaginación.
Todos sabemos ya -menos quizás algunos editores, aunque más bien es que no quieren mirar- que al negocio editorial le está pasando como al musical y al del cine: se encuentra sobredimensionado de la noche a la mañana por el simple hecho de que la tecnología avanza que es una barbaridad, y si antes daba tiempo a que los negocios, que eran bichos lentos y pesados, evolucionaran tranquilamente y sin traumas, ahora no deja ni pestañear. Lo cual no es culpa de los clientes, parece mentira que haya que repetir esto.
El caso es que seguramente habrá en el futuro de pasado mañana menos volumen de negocio en el libro que antes, y eso no es ni malo ni bueno: es lo que tiene la economía de mercado. No significa que dejen de venderse libros (ni siquiera que dejen de venderse en papel).
Una de las opciones que quedan es, dada la inutilidad de luchar contra tus propios clientes, apostar por el libro en papel como objeto de lujo y dar el electrónico gratis o prácticamente gratis (apostar por la promoción, vaya). Eso no es fácil de llevar a la práctica, lo sé, y da mucho vértigo, lo sé, pero es una opción indudable. Una variante de la misma es dar contenidos extra en los libros electrónicos (animaciones y demás), pero no creo que eso dé dinero realmente puesto que no estás cubriendo ninguna necesidad del cliente (quizás con los libros didácticos…).
A ver, la cuestión básica es que si quieres tener clientes tienes que crearles la necesidad de que compren lo que tienes o bien crear un producto para una necesidad preexistente (véase el ejemplo de Apple; todavía no sé cómo se lo montan los tíos para que tantísima gente quiera comprarles unos gadgets de utilidad cuestionable). Hay mucha gente que necesita leer, igual que hay mucha que necesita escuchar música y ver películas. Los avances en lectores de libros electrónicos también están creando nuevas necesidades (de hardware, de acceso a libros electrónicos de buena calidad, etc.). Luego no es problema de que falten necesidades que cubrir, sino de cómo se están cubriendo. A mí, por ejemplo, que me gusta mucho leer, también me gusta cada vez más hacerlo en un lector electrónico: me es más cómodo de manejar, sobre todo cuando tengo que leer tochacos de cienes de páginas. Ahí hay otra necesidad a cubrir: mi comodidad a la hora de leer.
Por supuesto, hay que cubrir estas necesidades a un precio que el cliente esté dispuesto a pagar, es decir, que le resulte razonable (el valor de esa necesidad). Cubrir una necesidad a precio de lujo no sirve de mucho. Yo pagaría no más de cinco euros por mi comodidad a la hora de leer, pero eso sí, los pagaría. Ahora mismo me venden libros electrónicos por el doble (por poco menos de lo que valen en papel) y además no todos los que quiero, luego mi necesidad no está bien cubierta, luego como eso les pase con mucha gente se van a la ruina.
¿Que no pueden mantener el negocio actual vendiendo libros a 5 euros o menos? En primer lugar, está por ver (prueben a tener muchos libros que vender, como Amazon), y en segundo lugar, es absurdo pretender mantener un negocio que no tiene clientes, ¿verdad? Luego la pregunta está mal construida.
Termino con otra necesidad que podrían cubrir muy bien: nos resulta pesado tener guardados un montón de ficheros, tener que buscarlos, encontrarnos con cosas mal editadas, etc… ¿Para cuándo un servicio de streaming como los de las pelis pero para lectores de libros electrónicos, de ésos que ahora traen wifi como mínimo? No puede hacerlo cualquiera: sólo tendrá beneficios si dispone de un catálogo amplio y además unos precios del orden de los que he dicho antes. Pero la posibilidad está ahí también para quien quiera arriesgarse.
Ah, que no quieren arriesgarse. Pues sepan que igual que un negocio sin clientes no tiene sentido, un negocio que no asume riesgos, tampoco. Y ustedes son los que quieren tener un negocio aquí, por propia voluntad.
Hala, me voy a la cama esta noche a intentar hojear un mamotreto de casi mil páginas y medio kilo sin que se me caigan los dedos. Buenas noches a todos.
¡Bienvenidos de vuelta! Tras un paréntesis bloguístico, pues nunca viene mal despejarse y cambiar de hábitos, qué mejor forma de volver a mis quehaceres interneteros que siguiendo la tradición, instaurada por mí mismo, de sacar conclusiones sobre mis lecturas del año pasado. Ése en el que Arthur Clarke se inventó que íbamos a contactar con inteligencias extraterrestres y perder el planeta Júpiter para ganar un nuevo sol.
Echando un vistazo a mis estadísticas de lecturas en BIBLION (la aplicación web que me hice para ello y que aún sigue ahí, aguantando como una jabata), observo con algo de frustración que me encuentro ante un año más parco en lecturas que los anteriores, y con una tendencia estadística a la baja preocupante:
Y mira que me lo he pasado leyendo enterito… Eso sí, con muchísimos más libros técnicos que de ficción (curiosamente, en la jornada de trabajo de un profesor universitario de nuestros días no queda rato alguno para estudiar, que debe de ser algo muy alejado de sus deberes, así que tengo que dedicar la mesilla de noche a dar soporte a esos contenidos). En fin, habrán sido libros más largos y por eso habré leído menos.
El caso es que ahora mismo me estoy notando una tendencia bastante consistente a volver otra vez a la racha de ficción, que los libros técnicos tienen la variedad estilística de un cubo de mezcla. Por ahora me he metido con Gaiman (prodigioso relato “Los Otros”) y a ver si seguimos con otras cosas grandes, como LeGuin, prontito (es que tengo que releerme el primero de los Anales de la Costa Occidental para poder seguir, y me da pereza leer algo ya leído).
El año pasado por estas fechas también abría las puertas de la estantería donde guardo la pila de libros pendientes. Este año se ha empetado un poco más por arriba y aligerado un poco más por abajo (sorry por la calidad de la foto y lo que a pesar de ello ocupa: me estoy quitando del perfeccionismo):
A partir de aquí preveo dos cosas mutuamente dependientes, a saber: a) que la pila de libros por leer seguramente quedará muy parecida al término de 2011, a no ser que continúe con la sana costumbre, instaurada en 2010, de buscarme en formato electrónico los mismos libros que tengo en papel para leerlos en mi lector -con lo que iré aclarando la pila y no repondré con ejemplares físicos-, y b) que realmente las probabilidades de que vuelva a comprar más libros en papel están disminuyendo a un ritmo alarmante desde los últimos meses, así que puede que al término del año que entra no haya ninguna entrada más sobre mi pila, o bien no tenga foto -eso que ganáis los que aún os atrevéis a leer este blog y soportar la cámara de mi móvil-.
Si alguien cree que el libro electrónico es el futuro es que no está muy en el presente U_U.
También preveo más cosas, no relacionadas con la lectura, por ejemplo sobre lo canutas que las vamos a pasar este año como país y otras tonterías en las que no me extenderé so pena de que me tachen de pesimista, cuando todo el mundo sabe que lo que hay que hacer para solucionar una crisis es, claramente, ser muy optimista (y empezar a aprender chino).
Tampoco puedo hablar de reentrada en el curro, porque no lo he dejado en las últimas semanas, así que hoy que nuestra amada Universidad tiene a bien abrir las puertas de sus instalaciones para que podamos volver a producir algo (es evidente que ninguno de nosotros produce nada si no se halla físicamente entre las paredes marmóreas de ese templo del saber, seguramente debido a alguna conjunción de campos de energía transversal y dinamizadora que sólo emanan allí), me dispongo a respirar hondo, no mirar mucho, y sumergirme de nuevo en todas esas encantadoras cositas que nos distraen y nos evitan tener que preocuparnos por cosas tan nimias como los enrevesados modos de aprovechar nuestras capacidades y aptitudes al 100% en el puesto que ocupamos.
En fin. Para volver a algo positivo termino con algunas cosas que me han gustado últimamente: Luther alucinante (último capítulo más flojito), Eureka una tontá que no merece la pena (para ese paseo hubiera seguido viendo The Fringe, otra tontá), Paradox curiosa y bien montada (aunque la historia no es gran cosa y se queda cortada), y Boardwalk Empire soberbia.
Mientras tanto, por aquí, alguna cosa de romanos y tal, magnífica por supuesto. Seguramente estará sufriendo la maldita lacra de las descargas…
Una de las cosas maravillosas que tiene un relato, una historia, un libro, es que no pueden resumirse. Es decir, la experiencia de leer no es equivalente a la de su análisis y su síntesis. Un relato causa emociones y sensaciones que en la mayoría de las ocasiones no tienen siquiera expresión verbal, y además las produce a lo largo del tiempo. Nadie sabe cómo puede definirse algo así. Y eso está bien.
Ni siquiera su autor es capaz de describir exactamente de qué trata un relato (no suele ser una sóla cosa), ni explicar por qué ha resultado así (casi nadie obtiene lo que pretendió en un primer momento). De hecho, cada lector (incluido el autor) obtendrá un efecto diferente de su lectura… ¿cómo saber cuál es el efecto más común, aquel cuya descripción puede llegar e interesar a más gente? Normalmente los autores lo resuelven hablando de sí mismos, de su proceso creativo (de una parte pequeña de él, para la que existen palabras), del momento que vivían cuando lo escribieron. No es de extrañar que cuando a un autor le piden que presente una historia propia, su estado de ánimo empiece a oscilar entre la confusión por no saber qué ha pasado exactamente para que se construya ese relato y la angustia de no saber reflejar qué es exactamente eso que ha escrito.
De una presentación que escribí para un relato publicado en BEMonLine
He descubierto que soy una colilla apagada. Aún humeo, pero nadie me quiso usar, así que hace un tiempo dejé de hacerles el favor de arder. Ya no habrá más energía malgastada.
Aunque si me apago del todo puede que me pisen.
Microrrelato -ligeramente retocado- que me publicaron
hace un tiempo en Químicamente Impuro, y que escribí
en 2003 haciendo gala de una presciencia inusual.