Sólo cambian las formas

21/09/2011  

Felipe IV viajó al hondo sur en 1624. En lo más negro de la decadencia hispana, al rey le dio por visitar Andalucía, y avisó al duque de Medina Sidonia que iría a cazar a sus estados del coto de Doñana. En aquel momento, el duque no estaba para fiestas, que andaba corto de numerario y los dolores de gota lo tenían baldado, pero echó la casa andaluzamente por la ventana para recibir al rey y a la corte con la prodigalidad y munificencia que cabía esperar en un Medina Sidonia: arregló caminos, demolió casas ruinosas, adecentó estancias y proveyó todo lo necesario para que no faltara de nada al ejército de gorrones que se le venía encima. Durante medio mes, hospedó a mesa y mantel a cerca de dieciséis mil cortesanos. Las cifras de la cocina son pavorosas: para satisfacer el desaforado apetito de los visitantes no basta allegar toda la pesca de once leguas de costa y toda la caza de veinte leguas de coto. Además, devoraron dos mil barriles de pescado de Sanlúcar, trescientos jamones de Rute, de Aracena y de Vizcaya; mil barriles de aceitunas, la leche de seiscientas cabras, ochenta botas de vino añejo y gran cantidad de vino de Lucena. Cincuenta mulas no daban abasto arrimando nieve de la sierra de Ronda para los refrescos y la conservación de las viandas.

El andrajoso y hambriento pueblo de los alrededores acudió en masa al cebadero, a ver si caía algo, y aunque el duque había pregonado pena de azotes al que se acercara a las cocinas, al final eran tantos que no hubo más remedio que alimentarlos. De todas formas, luego, lo purgarían en impuestos, pues el duque los tuvo que subir para resarcirse de las pérdidas.

Las jornadas cinegéticas fueron muy provechosas. El rey, intrépido cazador, apuñaló a un jabalí cautivo mientras el animal era sujetado entre varios monteros, y abatió tres toros en un corral, disparando con su arcabuz desde el parapeto del burladero.

Historia de España contada para escépticos (Juan Eslava Galán, 2002)
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