Lo que tiene el pensar las cosas

01/09/2011  

Para qué os voy a engañar, si después de dejar en pausa el blog acabo siempre preguntándome lo mismo. Pues esta vez también, con la diferencia de que en vacaciones puede uno pensárselo mejor. Así que aquí me hallo, dilucidando recurrentemente si seguir con este cuaderno, dedicarle o no el tiempo que necesita, etc. Me imagino que estar escribiendo acerca de ello en el propio blog, y además una entrada de la longitud de la que se os avecina, es señal de que probablemente la respuesta sea que no lo cierro. Digo yo.

Lo del blog no es lo único sobre lo que me ha dado por reflexionar estos días previos a la reentrada laboral. Lo bueno de desconectar en vacaciones es que descubres que, debajo del estrés y el agotamiento malsanos que te dejan medio incapacitado la mayor parte del año salvo para hacer lo que te dicen que debes, existe una cosa que se llama vivir y otra cosa que se llama ser un humano que vive (en contraposición a un animal que sobrevive o a una máquina que funciona), y puedes ponerte a pensar con tranquilidad sobre cualquier tema que te apetezca, algo que recuerdo haber hecho de vez en cuando en mi (más tierna) juventud.

Por supuesto, pensar está bastante mal visto, mucho mejor que te creas lo que otros ya han pensado por ti; quizás por eso sólo dan un mes de vacaciones al año: para que no te dé tiempo a pensar, que es un proceso mucho más lento que tener fe. Además te lo aderezan con días de sol y playa y aplanamiento general de los medios de comunicación, para que sólo te quedes pendiente de dónde ir a comer pescaíto hoy, de cómo se hace el cocido de miga empaná de Almanuete de Abajo, en directo, qué emoción, de los mil sitios disponibles para dejar a tus niños lejos de ti y que no te molesten el descanso estival, o de qué forma tan solícita se manda a funcionarios públicos al monte a arrancar de raíz matas de estramonio, no vaya a ser que cualquier imbécil se esnife una y le dejemos por una vez a Darwin hacer su trabajo sin estorbos.

Este despliegue de ñoñería, estupidez e infantilismo en nuestras vidas es sintomático, aunque todavía no sé si es porque esta sociedad no da más de sí o porque nos hallamos ante una práctica que se considera como poco una pérdida de tiempo y como mucho una actividad subversiva que hay que corregir; lo de dedicarse a pensar, digo, el tratar, por ejemplo, de darte cuenta de si estás haciendo lo que sientes que debes hacer porque eres tú y no otro (lo cual no tiene nada que ver con el tipo de trabajo que tienes, sino con lo que haces en él y cómo lo haces), o, más comúnmente, el tratar de darte cuenta de si sólo haces lo que está bien visto que hagas y te obligan a hacer, y de la forma que está bien vista y que te fuerzan a mostrar.

Es raro plantearte estas cosas, sí, pero a estas alturas de la película, como podréis comprender, más me vale estar ya acostumbrado a mis propias rarezas: también resulta bastante raro el que no me apetezca nada entrar en el juego de la competición que está tan de moda hoy en día en el ámbito universitario (básicamente, pelearte en el patio del colegio con otros que también coleccionan cromos, a ver quién tiene más), o, en su versión más molona, el que no me sienta atraído lo más mínimo por ser el más popular del barrio, al que más fotos hacen y del que más hablan (qué americanos nos estamos volviendo aún décadas después de que nos diéramos cuenta por primera vez de que nos estábamos americanizando), no inclinarme precisamente por usar herramientas, métodos y costumbres cuyo principal mérito es que las usa mucha gente (pero qué poco eficiente y productivo soy), empecinarme en cumplir con mi palabra incluso en las cosas más nimias (uf, qué idiota) y por tanto no darla alegremente (uf, qué reprimido), decidir no ir a ninguna manifa más a pesar de que pueda estar de acuerdo con parte de lo que se supone que defienden (en este santo país cualquier manifa terminará siendo de tema libre), o proclamar a los cuatro vientos que ser de izquierdas o de derechas, laico o religioso, indignado o fanboy, no es algo que entre en mi vocabulario (prefiero diseñarme mis propias ideologías y sistemas morales, gracias).

Pues, como digo, me he planteado bastantes cuestiones de éstas, de las de verdad, durante este mes, con la ayuda de la observación atenta de todos los que hacen esas cosas que yo digo que no quiero, que no son pocos y no dudan en hacerse bien visibles. También he disfrutado de lo lindo, claro, haciendo (sólo un poco de) lo que realmente quiero hacer y sobre todo haciéndolo como quiero hacerlo y no me dejan, es decir, bien. Vamos, que no he parado mucho a tocarme la barriga aunque haya tenido mi buena ración de aire libre y cerebro al viento. De hecho he llegado a echar jornadas de más de ocho horas haciendo cosas que me encantan, nada que envidiar en extensión a las jornadas laborales propiamente dichas. Todo eso me ha permitido descansar bastante (el agotamiento lo producen otras historias), me ha arreglado un poco el caos neuronal, y me ha hecho darme cuenta por enésima vez de lo que busco y lo que no, y de lo que me cuesta algunas veces centrarme en lo primero, que es algo que conviene recordarse a uno mismo periódicamente, cuando no escribirlo en un papel como propósito de curso nuevo, por lo ya dicho de que todo se confabula rápidamente para que lo olvides los restantes once meses. Si es que uno está hecho todo un Sísifo.

Ahí arriba, antes de esa maravillosa foto que me ha prestado mi santa para que ilustre el prototipo de persona al que realmente aspiran los que andan persiguiendo la popularidad y en el fondo lo que quieren tantas instituciones que acabe uno siendo (se siente, ni siquiera se acercarán a un objeto de diseño tan perfecto y lleno de pelos) he dejado escritas ya algunas cosas que no pretendo hacer en este nuevo período laboral, a las que puedo añadir el tener sí o sí que producir mucho, mucho, mucho (y no bien, bien, bien, sino rápido, rápido, rápido) para que reconozcan tu trabajo, o participar en eventos varios con el fin de aparentar que estás llevándolo a cabo, consistiendo esos eventos en poco más que dar esa apariencia. Y trataré de no caer en esas trampas a pesar de que esté bastante mal visto evitarlas (ya se llame ANECA o Archimandrita Mayor de Constantinopla el que pontifique que si las evitas eres un inútil). No porque las considere malas prácticas, que mayormente lo hago, sino porque caer en ellas sería dejar de ser yo mismo, lo cual no es moco de pavo. Que sí, que eso tiene consecuencias no precisamente agradables, especialmente para tu currículum, y que hay otras trampas que me tendré que aguantar, por lo menos durante un tiempo, porque ya caí en ellas (y, como ya he dicho, trato de cumplir lo que digo que voy a hacer). Hasta habrá otras nuevas a las que tendré que saltar sin remedio porque en el fondo no me llamo ANECA ni soy Archimandrita Mayor de Contastinopla, o sea, que no mando nada en esto. Nadie dice que la cosa sea fácil.

El tener estas reflexiones tan raras, en el sentido estadístico, obviamente lleva a sentir que gran parte de lo que me rodea no va conmigo, y eso le hace a uno ser bastante políticamente incorrecto, entre otros efectos secundarios. Y que conste que en este blog me corto. Pongo un ejemplo: cuando recién terminadas las vacaciones te enfrentas a la reentrada en el trabajo, y notas cierto sentimiento de asco o siquiera leve resquemor interior, has de procurar por todos los medios dejar bien clarito que te sientes afortunado de no estar en paro a pesar de todo, que tienes mucha suerte de tener trabajo, aunque no venga a cuento decirlo en ese momento porque estabas hablando de lo que tiene tu trabajo de mejorable y no de los juegos de azar; y has de dejar claro esto para que quien no tiene trabajo no se sienta mal por tu suerte (sólo un extranjero puede extrañarse de esta perversión de la lógica; lo de la envidia y el deseo del mal ajeno por encima del bien propio es una marca genéticamente hispánica).

Pues esto de la suerte que uno tiene que admitir por tener trabajo en estos tiempos que corren me resulta cada vez más sangrante, especialmente cuando me acuerdo del sudor y esfuerzo invertidos (y falta de vacaciones) durante tantos años para llegar a conseguirlo y el modestísimo papel que tuvo la aleatoriedad en ello. Miren, no sean tan susceptibles: mi trabajo está mal pensado desde las altas instancias que lo diseñan hasta instancias no tan altas, dilapida talentos y esfuerzos en cosas absurdas cuando no directamente imbéciles, y no se preocupa de enfocar ni la más mínima partícula de energía en hacer las cosas bien y con sentido común, que, de hecho, están penalizados. Si alguien no me cree y piensa que esas cosas no son de verdad sino mera pataleta, que se pregunte cómo puede haber tantos profesionales de 40 años o menos absolutamente quemados en docencia e investigación universitarias, y que estén ya de vuelta de mil historias bastante oscuras (aquí algunas respuestas), cuando resulta que los de mi edad deberíamos estar en el punto álgido de nuestras ilusiones y no como el palo del churrero. Precisamente porque trabajo en él, puedo contar esto de primera mano, así que permítanme que me queje sin entrar en si tengo suerte o no, que en caso de que la tuviera no es motivo para no quejarse ni señal de que me falta empatía con los que no lo tienen, y que pueda decir con tranquilidad, y a pesar de ello siga comprometiéndome a desarrollar mis labores correctamente, que no me resulta precisamente un placer regresar a este templo del saber después de las vacaciones (del saber y también de la excelencia, aunque no recuerdo si íbamos camino de ella o la habíamos alcanzado y tocaba ya la magnificencia).

En fin. Después de la presente parrafada me doy cuenta de otra cosa de las que sólo ves cuando tienes tiempo de pensar: la cantidad de ideas políticamente incorrectas que se me quedan en el tintero y lo que me desahoga enhebrar palabras con ellas. Mira por dónde: lo mismo voy abriendo el blog a cada rato que me encuentre con algo de claridad mental, para soltarlas 😉

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